lunes, 12 de abril de 2010





24


Ana conducía con la elegancia y la naturalidad de quien aprendió a hacerlo muy joven y con una guía calificada. Le gustaba conducir con suavidad, lograr que el automóvil se moviera sin brusquedades. Para eso se mantenía atenta al equilibrio de la máquina -más que nada, una sensación- tanto como al tránsito. Deseaba llegar a la ruta para experimentar la fluidez entre sus leves movimientos y las reacciones del auto; una conjunción que siempre le resultaba deliciosa. A su lado, fuera del mundo, Mary leía.

From: Hollyching@africamail.com.sn
Ella dijo que no había ninguna diferencia, y yo sabía que se equivocaba.
Bajate de los ancestros, le escupí, harto; no entendés que la vida no tiene nada que ver con los cuentos de la historia, con las historias, con los emprolijados relatos de los bisabuelos alrededor del hogar de la estancia. Esos novillos, esas miles de cabezas, centenas de miles que pagaron sus viajes, casas, autos, tus colegios, caprichos, que compraron o impusieron el respeto, el privilegio de andar por el país como si fuese propio, esos atardeceres enteros sin preocupaciones ni ansiedades, ese tiempo eterno en el que fue posible palpar la confianza, la fe, la seguridad de que mañana será todo igual, esa convicción de que tus óvulos y mis espermatozoides gestarían niños sanos, fuertes, iguales a ellos y a nosotros, ese espacio amplio de la compasión hacia los que nacen distintos, atropellados por el destino, todo eso, dije, ¿de dónde creés que salió? ¿Suponés que salió de la torre de dignidad que te plantaron entre los ojos? ¿Te creés que tanta probidad y generoso desinterés pueden producir semejantes dividendos? Claro, tenés la excusa de ser mujer. En tu familia la última que tuvo coraje fue tu bisabuela. De ahí para acá, todas señoritas, damas de salón y caridad. Ustedes paseaban una mirada diletante por la vida y sus alrededores mientras los hombres se embarraban las manos, los codos y el alma para mantener las cosas en su lugar y, si fuese posible, mejorarlas, siempre mejorarlas, más campos, más vacas, más, más. Tu familia y la mía se parecen en todo menos en una cosa: en las mujeres. En la mía las mujeres nunca quedaron afuera de los negocios, y mucho menos de la política. Obligadas, dirás, porque el linaje produjo apenas algunos hombres aquí y allá y la mayor parte buenos para nada. Es posible. Pero ya es tiempo de que abras los ojos, porque este es nuestro momento. En tu familia nadie le hizo asco a meter la mano en las leyes, los decretos, las urnas, con tal de conservar el patrimonio, la influencia, el apellido. El poder. Hubo que apretar directores del banco de la república para sacarles los pesos sin garantías, ministros quisquillosos para que salieran a vender corned beef, presidentes olvidadizos para que recordaran quién había pagado las campañas, caudillitos prepotentes y ordinarios consolados con algún carguito en afe para que los trenes pasaran por donde tenían que pasar y las vaquitas llegaran al puerto casi gratis, obras, obras, obras para el país y para todos, tu familia y la mía y la de la gente como nosotros. Ni qué hablar de jefecillos de policía, jueces, ministros de la corte. Todo funcionó porque la gente como nosotros lo hizo funcionar, y eso no se hace estirando el cogote y arrugando la nariz, se hace con la mierda hasta los ojos, con pasión, disciplina y autoridad. Sí, ya sé lo que vas a decir, vas a hablar de la pobre gente que pasa la vida trabajando por mendrugos, creyendo que somos todos iguales y que ellos tuvieron mala suerte, que las cosas son justas, equitativas, que se esfuerzan para llegar a alguna posición más digna, más humana. Te lo digo ahora de una buena vez por todas: no tienen la más mínima posibilidad. Las reglas las hacemos nosotros, y cuando no nos sirven las cambiamos, las burlamos, las ocultamos debajo de una alfombra de palabras y argumentos, que para algo somos doctores. Esa, tu pobre gente del medio -porque a la gente pobre de verdad ni la ves, te da asco-, esa gente tuya son los únicos que se creen que las cosas son como se dice que son. Vos, yo, las personas como nosotros y los miserables en serio, sabemos que la verdad es otra. Los que estamos en las puntas tocamos la realidad con la palma de las manos. Nosotros porque mandamos, ellos porque desobedecen. Ellos y nosotros vivimos según nuestras propias reglas, inventamos nuestros códigos, nuestras escalas de valores. Hacemos lo que se nos da la gana. Nosotros panza arriba, ellos boca abajo. No hay moral, querida. Hay ganadores y perdedores. Para ganar no se puede estar en el medio. Así que basta de pavadas. Ahora sos la primera dama. Es nuestro momento. Tu deber es honrar la raza. Somos inquilinos de esta institución y nuestra primera obligación es entregarla, cuando llegue el momento, a aquellos de quienes la recibimos. Las ruedas de la historia, señora, son de carne y hueso.

—¿Dónde leí eso de las ruedas de la historia? —preguntó Mary casi sin darse cuenta de que estaba pensando en voz alta.
—No sé, pero ¿ésa es la de la primera dama? Es una de mis preferidas —agregó Ana sin esperar respuesta.
Mary ni siquiera la escuchó.

From: colzarbolivia@hotmail.com
Arnaud era belga y amigo de Jules, que era francés y amigo de Gregory, que era griego y amigo de Sergio, que era colombiano y amigo mío. Yo andaba matando a la muerte, Sergio andaba matando a todo lo que se le ponía adelante y le decía que sí, Gregory andaba matando a Camille, que desde hacía ocho meses mataba cualquier cosa que tuviese bigotes después de haberse separado de Gregory, que usaba bigotes. Jules se mataba con Annie que había sido la sicóloga de sus hijos hasta que la relación resultó evidente y la superchería insoportable porque ella gustaba de ser sodomizada y gritar mientras tanto, lo que no agradaba a los hijos de Jules que venían a pasar el fin de semana con él y el resto del tiempo vivían con su madre que era portuguesa, afrancesada, feminista y lesbiana del último minuto lo que confundía mucho los roles para aquellos púberes que se mataban a sí mismos porque se creían culpables del fracaso de sus padres, aunque sospechaban que algo que no era ellos andaba mal.
En aquellas circunstancias, Arnaud parecía el más sano de todos. Había sido paracaidista en el ejército, lo que supone haber recibido un entrenamiento propio de un cuerpo de élite, parecido al de los marines yanquis, pero mucho peor. Arnaud aún sabía cómo matar y cómo morir, a pesar de que desde hacía varios años trabajaba como inspector en la empresa estatal de energía eléctrica. Vivía con Francesca en algún lugar que nadie conoció jamás porque no recibían en su casa. Francesca era italiana, e insólitamente para un paracaidista, no era morocha sino rubia, no tenía ojos verdes sino castaños, no tenia piel oscura sino apenas oscurecida, era de estatura baja, sí, pero de formas absolutamente proporcionadas, y cuando sonreía mostraba sus dientes que no llegaban a ser completamente blancos y jadeaba al final de la risa como una fumadora de tabaco negro, que era lo que era.
Arnaud venía de vez en cuando a casa, invitado por Jules que nunca se mostraba con Annie porque lo acomplejaba la diferencia de edad -él era 15 años mayor-, o porque estaba celoso del estudiante de letras a quien Annie mataba cuando estaba aburrida y Jules no la mataba. Pero en aquellas ocasiones en las que Arnaud y Francesca estaban en casa todo era distinto, por lo menos para mí. Porque a mí me gustaba mucho Francesca, y tenía ganas de matármela, y a ella sólo le gustaba Arnaud, que se la mataba con displicencia, pensaba yo. El adoraba cocinar y lo hacía siempre que venía. Empezaba temprano disponiendo sus materias primas con la misma displicencia con la que mataría a Francesca, como con desprecio. Tomaba vino abundantemente mientras cocinaba y se concentraba en exceso. En exceso para Francesca, que al segundo vaso empezaba a apartarse de Arnaud que era alto, fuerte y con rémoras de músculos por todas partes. Era buen tipo, cuadradote de cerebro pero grande de corazón. El problema era que se apasionaba con los recuerdos y hacía siempre los mismos cuentos. Nosotros -menos Jules, que le aguantaba la vela- le escuchábamos más o menos atentamente un par de anécdotas, después nos dedicábamos a nuestras cosas. Yo a Francesca. Arnaud nos enseñó que cuando se usa ajo en una comida es conveniente retirarle el tallo verde que se forma en el centro del diente porque eso es lo que uno pasa repitiendo durante toda la noche, que la cebolla hay que cortarla con un cuchillo mojado para no llorar y que la lechuga se oxida cuando se corta con metal por lo que siempre es mejor usar las manos. Las manos eran las que se me iban con Francesca mientras Arnaud cocinaba. Poníamos música y bailábamos medio entre todos -con excepción de Jules y Arnaud-, pero cuando se me cruzaba Francesca me esmeraba tanto que los demás demoraban en relevarme. Mi mano paseaba desde su cintura a su cabello, y de ahí a su espalda, y cuando en una voltereta le acariciaba las nalgas durante un segundo Francesca tiraba la cabeza hacia atrás y reía como una colegiala, entonces me animaba y la atraía hacia mí y me pegaba a su cuerpo flexible y pequeño ensayando pasos inauditos, disonantes, al borde del desequilibrio rítmico, me transportaba, inventaba, navegaba por el cosmos pegado a ella, sin ella, con ella, más allá de ella, juntos como uno. Después nos separábamos y no nos volvíamos a mirar durante toda la noche. Esto es, ella no lo hacía, yo sólo hacía eso.
Arnaud tenía una moto, una moto grande. Era su más preciada posesión. Podría decirse que se mataba con su moto a la que Francesca se subía divertida, porque era su carácter, mientras abrazaba a su hombre con gracia y naturalidad. Estábamos acostumbrados a verlos a los tres juntos. Los tres llegaban, los tres se iban quién sabe adónde. Pero siempre de noche.
Hasta que un domingo sucedió lo impensable. Escuché vagamente que el timbre sonaba con insistencia. Mi cabezacuerpo rodaba aún entre vapores, humos, polvos de una noche de sábado como alguna otra. Vi que estaba solo en la cama. Me puse aquel batón de hospital y acudí a la puerta. Abrí con los ojos cerrados y escuché la voz de Francesca diciendo hola mientras sus pasos entraban firmes en la casa, iban hasta una de las ventanas -vivíamos en un primer piso- y hacía girar el postigo. Distinguí el ruido de la madera contra la madera, estaba abriéndola de par en par. Era verano. Ella hablaba algo y aparentemente recibía una respuesta. Yo permanecía contra la puerta sin poder abrir cabalmente los ojos. Estaba desnudo debajo de la bata, y avancé unos pasos en la enorme sala cuidando que no se me salieran las partes, libres debajo de aquella bata maltratada.
—Hola, ¿querés un café? —ofrecí sin convicción y me senté en la primera silla que encontré en el camino mientras empezaba a ver que el día estaba soleado y que Francesca usaba una pollera breve y un t-shirt ajustado de mangas cortas.
—No, no quiero café. Vení —dijo tomándome del brazo y llevándome hasta la ventana.
Medio cegado por la luz exterior, alcancé a distinguir a Arnuad agachado junto a su moto, saludándome con una pequeña llave inglesa en su mano derecha. Correspondí.
—¿Qué pasó? —le pregunté alzando un poco la voz para que me escuchara.
—Esta máquina —respondió él— es noble pero vieja.
Acodada en la baranda de la ventana Francesca me explicó que iban de paseo al campo y la moto se había descompuesto a una cuadra de casa. Habían decidido parar aquí para tratar de componerla antes de desistir definitivamente del viaje.
—¿Dónde están los demás? —preguntó ella.
—Bueno —contesté—, no sé. Creo que no hay nadie porque Sergio se fue hace dos días, Gregory salió a cenar anoche con Camille y Jules está de viaje por Guatemala. ¿Querés un café? —volví a preguntar ahora bastante despierto y sin recordar que ya había hecho esa pregunta.
—No, no quiero café —respondió Francesca mientras me apartaba un par de metros de la ventana como quien empuja un bulto en el puerto, puso sus brazos alrededor de mi cuello, levantó los talones hasta quedar en puntas de pie y me dio un beso intenso y húmedo que duró hasta que se escuchó abajo la voz de Arnaud reclamando algo.
Nos separamos con parsimonia, mirándonos a los ojos. Quedé petrificado mientras Francesca iba hasta la ventana y hablaba algo, preguntó algo, qué sé yo. Veía su cuerpecito inclinado sobre la ventana, los brazos apoyados en la baranda y la pollera subida casi hasta el principio de las nalgas.
—¿Vas a demorar mucho? —escuché que preguntaba mientras sus manos levantaban los costados de la falda, alcanzaban el elástico de la braga por los lados y la iban bajando lentamente mientras sus caderas se movían lateralmente hasta que las rodillas le impusieron un obstáculo infranqueable en aquella posición. Entonces sus brazos regresaron a la baranda y sus piernas se frotaron una contra la otra rápidamente provocando que aquel rollito de algodón fuese descendiendo, cayendo entre las pantorrillas, hasta los tobillos. Levantó un pie, después el otro, y la braga llegó al suelo. Yo estaba tan despierto que creía soñar. Entonces las manos de Francesca volvieron a correr desde el bajo de la corta falda, subiéndola hasta la cintura y calzándola en sus salientes ancas. Separó las piernas y volvió a apoyarse en la baranda. Yo veía la apertura nítida entre sus hermosas nalgas, el vello detrás, y en el centro una formación rosa y parda que aleteaba llamándome. Desanudé mi bata y me acerqué lentamente.
—¿Te fijaste en las válvulas? —preguntaba ella con la voz algo alterada, mientras Arnaud buscaba y rebuscaba allá abajo, en la valija de la moto la llave adecuada para desarmar las válvulas.
—No, voy a fijarme ahora. No te amargues todavía que todo tiene solución —agregaba sin mirar hacia arriba.
Afortunadamente, porque hubiese visto la cara desencajada de Francesca y su extraño vaivén hacia adentro y hacia afuera de la ventana, leve, pero suficientemente explícito como para llamar la atención.
Matamos así un tiempo que me pareció infinito. Mis manos se enterraban en sus caderas y ella respondía con energía, generosa y creativa mientras hablaba, interjeccionaba con Arnaud:
—… el carburador… la bomba de nafta… el tubo de la bomba… la batería… ¿te fijaste en la batería?...
Gozamos dos veces. Ella tenía los mismos gustos que Annie, y me guió hasta allí la segunda vez. El sol me pegaba de lleno en el pecho desnudo y sudado, las rodillas me temblaban, pero nada en el mundo me habría hecho abandonar aquella posición. Arnaud pudo encender la moto apenas unos segundos antes de que gozáramos, juntos, por última vez. La explosión del motor permitió que Francesca liberara sus suspiros, ya con las manos agarrotadas en la baranda y el cuerpo decididamente echado hacia atrás. Nos desmatamos rápido, sin tiempo para respirar.
—¡Bajo! —gritó ella desde dentro mientras me abrazaba y me acariciaba la cara con una lluvia desordenada de besos y jadeos.
Levantó la ropa interior del piso y se la puso hábilmente. Volvió hasta mí, matado, asesinado, apoyado sobre la mesa de mosaico. Introdujo sus brazos a los lados de mi bata acariciando mi cuerpo agitado, apretándose, pegándose a mi sexo mojado en ella. Me besó intensamente en la boca.
—Nunca más. ¿Entendiste? —ordenó al apartarse mirándome alegre con sus ojos castaños—. Nunca más —repitió desde allá abajo—. Esto es todo.
Un último beso caricia sobre los labios y se fue. La vi alejarse, llegar hasta la puerta, abrirla, salir y cerrarla. Nada ha sucedido, decía su cuerpo. Yo supe unos minutos después, luego de despedir a Arnaud por la ventana y de verla subir a la moto con su pollera corta, que mi sustancia estaba descendiendo por ella, de ella, rumbo al sur, mojando el asiento de la moto, recibiendo el viento de la ruta, secándose en Francesca que, abrazada intensamente a Arnaud, apretaba la cara contra la poderosa espalda de su hombre.

Mary sonrió y miró hacia afuera por la ventanilla sin prestar atención a lo que veía. Sabía lo que se sentía sobre una moto, con la cara pegada a una espalda amada, o por lo menos amable. Apagó la radio del automóvil y regresó a la lectura sin enterarse de que estaban saliendo de la ciudad.

From: downsinee@maksing.de
Santiago de Chile era una ciudad triste y alegre. Había muchos borrachitos por las calles, gente pobre, como lo eran casi todos, sin vergüenza ni culpa. Los ómnibus me quedaban chicos, especialmente unos llamados “liebres” en los cuales la única manera de viajar más o menos dignamente era tratando de obtener y conservar el lugar justo debajo de una especie de escotilla en el techo por donde sacaba la mitad de la cabeza, lo que me permitía estar verdaderamente de pie.
Era emocionante compartir aquel momento de la historia de ese país. El socialismo, la justicia, la libertad; la lucha continuaba. Uruguay se caía a pedazos y la resistencia en el exterior me parecía cada día menos confiable. Habían querido sacarme los documentos y mandarme a hacer un curso de entrenamiento guerrillero, pero no acepté. A) Mis documentos no se los doy a nadie que no me los devuelva de inmediato. B) En el Uruguay en ese momento no se necesitaban guerrilleros con sapiencia militar, sino, quizás, gente que supiera montar una imprenta clandestina o cualquier otra cosa que ayudara a difundir ideas, a mantener la comunicación entre la gente, con la gente. C) Nunca quise ser militar porque carezco de ciertas cualidades básicas para esa tarea.
A menudo pasaba muchas horas sentado frente al río Mapocho que atravesaba la ciudad como una cloaca a cielo abierto, encajonado entre muros pensados para el diluvio. Hilo de agua marrón que me permitía soñar, sentir que me iba corriente abajo, sentado en un cajón de frutas, hacia la playa que imaginaba igual a las de Montevideo. Hasta que un día empecé a escuchar ruidos en mi cabeza y dejé de entender lo que me decían, como si las palabras fuesen un fluido sin solución de continuidad que me entraba por un oído y salía intacto por el otro sin que lograra retener absolutamente nada.
Entonces decidí dormir.
Otro día me invitaron al cumpleaños de una vecina de un amigo que vivía en una población… Santa no me acuerdo qué. Me arrastré hasta allí en el ómnibus invariablemente enano y me dormí tranquilo a las dos cuadras de haber conseguido un asiento porque debía bajarme en el destino.
El cumpleaños estaba dividido en dos: jóvenes adentro, viejos afuera, debajo del parral. Adentro había cerveza y porro y afuera vino. Yo era abstemio por decisión afectiva y a la marihuana no le tenía confianza política. El padre de la festejada me había tomado simpatía de algún otro breve encuentro en el almacén que atendía frente a su casa donde funcionaba el JARPA o el JAPA, no sé bien, que era un centro barrial de militantes de izquierda que intentaba distribuir la escasez entre los vecinos. El hombre pequeño -le llevaba por lo menos una cabeza- me tomó del brazo entre todos los adolescentes y me condujo debajo de la parra, me sentó a su diestra y me sirvió un generoso vaso de vino tinto. Le dije que no bebía alcohol, lo que produjo el escándalo general en la mesa de siete u ocho veteranos -hombres, todos- y la presión unánime para desvirgarme en aquella noche de verano que invitaba al estupro tinto. Sentí que los ofendería si no bebía, así que lo hice. Comenzó entonces una larga discusión política sobre la realidad chilena con breves pasajes por la experiencia de la guerrilla uruguaya sobre la que no pude aportar muchos datos y callé los que más me importaban para no sembrar dudas en el auditorio.
Las botellas se iban vacías y volvían llenas; yo me sorprendía a mí mismo hablando sobre cosas que nunca había pensado y que, sin embargo, me parecían evidentes mientras las decía. Creí que había pasado poco tiempo, pero de pronto tomé conciencia de que la música adentro había cesado y de que sólo quedábamos tres bajo la parra. Uno dormía con la cabeza sobre la mesa de hormigón y el padre de la vecina de mi amigo farfullaba algo incomprensible con la cabeza tambaleante y la mirada predominantemente extraviada. Pensé que estaban todos borrachos y me felicité por no tener el hábito de beber alcohol. El dueño de casa no advirtió que me paré y me fui, y mucho menos que me bamboleaba como el palo mayor de una cáscara de nuez en el océano.
Llegué hasta la esquina y consideré que ése era un buen lugar, creo. Me acosté en el piso, puse las dos manos debajo de la mejilla derecha y me dormí, pacíficamente. Desperté con el sol en la cara y rodeado por niños que jugaban a la pelota. Los vecinos regaban sus jardines o iban o volvían del almacén. Todos me sonreían mientras intentaba retomar la vertical y la conciencia.
Tenía 18 años, y nunca supe quién o quiénes me habían colocado la cabeza en una almohada y cubierto con una manta celeste de lana.

Mary saltaba de una carta a la otra sin levantar la vista.

From: mutmutiinous@stadion.fi
Era una noche brumosa, aunque no recuerdo que hiciera frío a pesar de que estábamos en agosto. Mi madre me había despedido haciendo adiós con la mano mientras apoyaba la cabeza contra el vidrio, detrás de la puerta de hierro.
Fuimos hasta el puerto en un taxi, y allí, en el hall, mi padre me despidió con un beso circunspecto. Me acompañó todavía un trecho y nos paramos sobre los adoquines húmedos y grises del muelle, bajo el aire gris de neblina, frente al barco gris del Vapor de la Carrera que me llevaría hasta el gris de Buenos Aires. El Permiso de Menor para viajar solo que tenía en el bolsillo del saco de mi hermano mayor -yo siempre fui grande para mi edad- era verde. Fue mientras lo buscaba cuando mi padre vio a su psicólogo, Gutiérrez, acodado en la baranda del barco con un gesto que intentaba parecerse al de Gardel un segundo antes de largarse a cantar “Volver” en un filme horrible que no me acuerdo cómo se llama.
Gutiérrez nos había visto, pero no se le movió ni un músculo. Tal vez pensó que era mi padre el que se iba. Recibí otro beso, menos circunspecto, y trepé por la escalerilla. Cuando llegué arriba y pasé los controles policiales no estaban Gutiérrez ni su sombra. Deje los dos bolsitos sobre la cubierta y me quedé allí, esperando que el barco zarpara, mirando a mi padre en su sobretodo gris, pequeño allá abajo, en la humedad. Pocos minutos después vi que el muelle se alejaba lentamente y me sorprendió que el barco se moviera de costado y no de frente, como un auto o un ómnibus. No estaba triste, o por le menos no me daba cuenta de estarlo. Sólo sentía que estaba viviendo algo importante, algo que crecía a medida que mi padre, el muelle, las luces de Montevideo se achicaban y desaparecían, tragados por la bruma. Se destruía un puente y se abría un círculo, pero eso no lo sentía. No se me resbaló ni un solo lagrimón. Odiaba el Uruguay. Quería irme de un país que había llegado a ser un enemigo personal: mediocre, chato, pacato, adulto, represivo, autoritario, ignorante, conservador, empleado público, politiquero, reformista, individualista, cagón, colorado y blanco, nostálgico, tanguero. Mi corazón no encontraba espacio entre tanta mezquindad. Yo quería mover las montañas, inventar un coro de audacia y honestidad, libre, colectivo, solidario, justo, auténtico, original. Yo quería hacer una revolución y luchar por el derecho de ser distintos. Pero mi país no quería, y ellos, los dueños, me querían matar, torturar, encarcelar; me querían borrar del mapa. Esa noche, en la oscuridad del río, se los dije en silencio: métanse el mapa en el culo; yo me llevo mi parte de país.
Me abracé, y volé.

El coche rodaba libre ya de las constricciones del tránsito ciudadano. El ruido del motor, ahora regular, y el de la carrocería chocando contra el aire quieto desaparecían en el silencio interior del vehículo. Ana sentía una ansiedad creciente que, por tramos, se manifestaba en la presión que ejercía su pie derecho sobre el acelerador. Deseaba que ese extraño personaje, en caso de dar con él, pudiera ayudarla a tomar contacto con el autor de las cartas que Mary leía con desesperada rapidez. La observaba de reojo y la veía totalmente concentrada; podía estar en un parque público, en la sala de su casa o en la cima del Kilimanjaro. Esas cartas tenían sobre su amiga un efecto hipnótico, devastador para su conciencia. Comenzó a entender un poco más lo que las diferenciaba en relación con el hombre anónimo. Para ella las cartas eran trozos de realidad palpable, consistente; las asociaba con acciones concretas como gritos, risas, bofetadas, llantos, caricias, huidas desesperadas, caídas, vuelos. En su imaginación siempre había alguien que ejecutaba esos actos, les daba comienzo y final. No las recibía como historias sino como mensajes con un remitente y un destinatario cuyo efecto principal consistía en ir proporcionando piezas de un alma, un puzzle de difícil solución, pero descifrable. Al final, se decía Ana, todo tendría sentido y sería posible apreciar una imagen completa que, intuía, le resultaría fascinante.
Ahora que veía a Mary leyendo esas cartas comprendía por qué no había sentido celos de su amiga. Mary las lee transportándose a otra galaxia, un espacio que no existe, que inventa su lectura. Para ella las cartas no son hechos sino insinuaciones, retazos de sueños; cada palabra es una piscina que se encadena con otra y otra, y Mary va zambulléndose gozosa, alerta a sus sensaciones, ensoñaciones, advirtiendo disimulados obstáculos y lubricados pasadizos. Le gusta resbalar entre las letras, trastabillar y hasta caerse para volver atrás. Rehacer el camino parece proporcionarle casi siempre nuevos placeres, más jugo que la vez anterior. Ningún rompecabezas se va armando en su espíritu. Las piezas no tienen una sola forma; de hecho, cambian constantemente de apariencia. Mary sólo elige la que más le gusta en cada momento y sobre ella construye, sin límites, sin objetivo práctico, sin prejuicio. No precisa que las cartas le sean útiles, simplemente las necesita. Mary llega hasta él inventando. Por lo menos, hasta un cierto él que, probablemente, se parezca mucho al que es cuando escribe. Percibió que esa era la síntesis de sus diferencias: Mary necesitaba al que escribe, y ella quería al que vive.

—Sí, leé, Mary; leé con atención y volá —pensaba Ana mientras salía de la ruta y se internaba por un camino de tierra, firme pero con pozos—. Leé porque voy a precisar tu imaginación para encontrar a este hombre —se decía con cierto egoísmo.

viernes, 9 de abril de 2010




23



Durante las siguientes dos horas estuvieron analizando el caso, haciendo especulaciones y tomando algunas decisiones. Mary contó que –fiel a su debilidad- había leído el contenido íntegro de la carpeta, y que decidió quedarse con ese documento pero sin confesárselo a su padre hasta que no supiera exactamente de qué se trataba. El desarrollo de la conversación en el bar le había confirmado que su padre sabía que eso estaba ahí, y que temía que ella lo hubiese visto.
¿De qué tenía miedo Walter? La hipótesis de que Mary podía ser hija de desaparecidos se instaló por sí misma, tan rotunda como las pirámides de Tikal: tenía color, olor, se podía tocar y pisar, podía uno subírsele encima y desde allí descubrir un panorama inédito. También se aceptó como posible que podría tratarse de una adopción encubierta –como las hay tantas-, y que para evitar consecuencias desagradables se había recurrido al procedimiento de la inscripción tardía. Aunque el falso domicilio y la presencia de militares avalando la extraña versión debilitaba esta alternativa.
Finalmente, había quedado completamente descartado que fuese una simple y corriente inscripción fuera de los plazos legales por razones banales, accidentales, por alguna peripecia imprevista.
En cualquiera de las dos historias con mayor verosimilitud, la vida de Mary tomaba un derrotero totalmente impensado. Para ella todo quedaba bajo sospecha, incluyendo la muerte de su madre.
Mary había dividido la pizarra en dos trazándole una raya de arriba a abajo. De un lado el retrato robot del corresponsal anónimo, y del otro se empezaban a ordenar los elementos de esta segunda búsqueda para la cual habían decidido ponerse en contacto con una periodista conocida de Ana que había trabajado en estrecho contacto con los Familiares de Detenidos Desaparecidos. Necesitaban que alguien con experiencia les diera una opinión, y, si fuera el caso, una orientación de cómo y por dónde iniciar la investigación.
La posibilidad de actuar rápidamente había despejado las sombras más superficiales del ánimo de Mary. Hasta se la veía entusiasmada, decidida.
Salieron para comer algo, airearse y cambiar de tema.
Un poco más tarde estaban sentadas en el bar de Carlitos delante de una ensalada.
Ana no se animaba a liberar una pregunta que, sin embargo, latía en su garganta desde hacía horas.
—Ya sé que dijimos que cambiaríamos de tema, pero me quedó algo en el tintero… —dijo al fin Ana observando la reacción de su amiga.
—¿Qué cosa? —preguntó Mary mientras trataba de pinchar un trozo de tomate huidizo.
—No sé. Es que recuerdo todo lo que ocurrió esta tarde –parecen muchas tardes-, y me pregunto cómo hiciste para no decirme esto antes, por qué esperaste tanto.
—¿Sabés una cosa? –empezó Mary—, no me vas a creer, pero desde que tengo este papel en las manos hay una parte de mí que está tiritando de miedo, y, aunque no sé bien por qué, también con un poco de vergüenza. No sé. Me siento algo así como desnuda en medio de una plaza. Pero hay otra parte que ya no tiembla más. Porque descubrí que he vivido siempre con un desasosiego indefinido, injustificado, invisible. Y, por primera vez, ya no lo siento más. Por eso estuve alegre ayer y hoy, porque se fue esa oscuridad, ese vacío. Es como si esa sensación me hubiese mantenido alerta desde siempre esperando este momento.
Ana quedó en silencio. Miraba a Mary y no veía a la “nena” que había dejado ayer mismo.
—Bueno, ¡basta! –ordenó Mary—. Dijimos que íbamos a cambiar de tema. ¿Qué hacemos con el de las cartas?
Ana le contó a su amiga que ya había efectuado algunas gestiones y, de hecho, tenía una cita para el día siguiente con un especialista en “piratería informática”.
—Un tipo lleno de plata cuyo pasatiempo -según me explicó él mismo por teléfono- es “luchar contra la dictadura informática internacional”, o algo así. ¿Venís conmigo, verdad? Es fuera de Montevideo, pero mañana es domingo.
Mary estuvo de acuerdo. Antes de separarse, ya sentada en su auto Ana aseguró que en cuanto llegara a su casa le enviaría las cartas por mail.
—Sin que falte una —prometió.
—No —respondió Mary—… bueno, sí, mandámelas, pero esta noche no las voy a leer; ya tuve demasiado para un solo día. Si podés, prefiero que también las imprimas y las voy leyendo mañana, en el viaje.
—Paso a eso de las once. Te quiero. Gracias, hermanita –se despidió Ana, emocionada.

Después del encuentro con Mary, Walter permaneció un rato en el bar, bebiendo demasiado y aprisa. Al anochecer, entró a su casa como una tromba, fue directo a “la oficina” y trancó la puerta con llave. Abrió la carpeta que Mary había tenido en su poder y desparramó su contenido sobre el escritorio. Buscó afanosa, enloquecidamente entre los papeles sin encontrar lo que quería. Sintió que el mundo se le venía encima. Por primera vez después de tantos años experimentaba miedo, un miedo real, concreto: un miedo pánico.
Se sentó en su silla de ejecutivo y trató de calmarse. Estaba seguro de que el papel había estado allí. Aunque quizás el escribano había tenido la precaución de quitarlo antes de darle la carpeta completa a Mary. Luego se dijo que eso era imposible: el escribano ignoraba la existencia de ese documento, y –lo conocía bien- jamás husmearía en sus pertenencias. Pensó que tal vez él mismo lo había separado y no lo recordaba. Hacía más de 20 años que lo había tenido en sus manos por última vez.
Descartó que Mary hubiese mentido. Creía conocerla lo suficiente como para detectarlo. Además, ella había sido muy enfática durante la charla de unas horas antes, y nada en su actitud denunció que conociera el contenido del documento perdido. En cualquier caso, era obvio que a quien no podía preguntarle acerca de la inscripción tardía era a ella.
Se reprochó no haber quemado ese papelucho hacía años, como le rogó su ex esposa. De esa forma, nada podría probar el verdadero origen de Mary. Debía protegerla, protegerse. Tenía que impedir que entrara en contacto con la familia de Isabel, su mujer fallecida, que supiera cómo habían muerto sus verdaderos padres y por qué.
Walter se fue calmando mientras ordenaba el contenido de la carpeta. Pensó que la suerte lo seguiría acompañando, que lo peor ya había pasado. Hasta ahora nadie la había buscado, y de él no había trascendido más que su alias -Chino- y una vaga descripción física. No escuchó a Ofelia detrás de la puerta.
—¡Viejo! ¿Qué pasa? ¿Estás bien? ¡Querido!


A las once y diez del día siguiente Ana y Mary salían rumbo al Norte. Ana traía un mapa en el que había marcado con tinta roja el camino que debían seguir. Casi la mitad del trayecto transcurría por pequeños caminos vecinales, y los últimos tres kilómetros ni siquiera figuraban en el mapa.

—Ahí nos vamos a tener que arreglar como podamos. Me dijo que hay un cruce de caminos y un cartel que prohíbe la caza. Allí tenemos que tomar a la izquierda hasta que encontremos una portera: es la entrada. ¿Sabés qué nombre le puso?… “El aljibe”…
Mary no prestaba mucha atención a las explicaciones de Ana. Tenía un pequeño fajo de hojas impresas sobre la falda y lo inspeccionaba sin buscar nada concreto, apenas queriendo tener una idea precisa de su tamaño.
—Están todas, ¿no?
—Todas, “sin que falte una sola”, como me ordenaste —replicó Ana de buen humor.
—¿Las pusiste en orden cronológico?
—Sí, todas ordenaditas como a vos te gusta.
Mary levantó la vista y comprobó que Ana estaba tomándole el pelo, gozando cariñosamente su ansiedad.
—Lee tranquila —sugirió Ana—; tenemos más de una hora de viaje.
Mary reclinó un poco el asiento y se desentendió completamente de lo que pasaba a su alrededor. Empezó a leer las cartas una tras otra, lentamente, como era su forma de leer.

From: skyku@border-terrier-club.net
Juan Marcos había muerto en un accidente de aviación en Madrid. La reunión inmediatamente posterior congregó en casa al núcleo duro de la barra. Comida tranquila, onda baja y fuerte. Alcohol. Porro. Alcohol. Aquella habitación tantas noches sobrepoblada, sobrecalentada, parecía un ancho corredor y nosotros sombras. Su compañera guajira estaba allí, alhajada con sus mejores galas blancas, con su cabello negro suelto y su piel mate, como siempre, pero fría. Sentí que no habría otra vez, que la impunidad de ser salvajemente felices había caído con aquella máquina estúpida, se había incinerado, calcinado, muerto.
Juan Marcos había estado de vacaciones hasta apenas unos días antes de subir al avión. En España, al Sur. Estando allá se obsesionó con llegar hasta Sitges, una pequeña localidad sobre el Mediterráneo donde hace no sé cuántos años los partidos Liberal y Conservador de su país, Colombia, habían alcanzado un acuerdo secreto de alternancia en el gobierno para que el poder permaneciera siempre en las mismas manos, pero sin guerras civiles. El sostenía que aquel pacto había sido sellado con brujería, y que se mantenía hasta entonces apenas por el vigor del conjuro. Quiso deshacerlo. Se dejó leer las líneas de la mano por una gitana en las ramblas de Barcelona. Ella le dijo que para lograr lo que pretendía debía encontrar a otras cuatro personas que lo guiarían hasta el final. Entonces permitió que un diablo alucinado de ojos verdes le tirara el tarot en un bar de Valencia y mantuvo una extensa charla mística y nocturna con un Buda rubio que hablaba sánscrito en una playa de Benidorm. Ya había encontrado a tres. Y se fue a Sitges.
Llegó con los ojos rojos y el corazón púrpura. En la primera noche, en una de las tantas calles oscuras por las que merodeaba desde hacía horas vio que desde un automóvil alguien le hacía señas para que se aproximara. Cuando estuvo lo suficientemente cerca como para oler el azufre escuchó que le preguntaban si era él quien estaba buscando lo que él estaba buscando, y dijo que sí. Entonces, le indicaron, debía ir a una plaza, esa misma noche, y enfrentar el fin.
Estaba dando vueltas alrededor de la plaza desde hacía un rato largo sin ver un alma en la oscuridad. Hasta que de pronto percibió una tenue luz flotando en el aire, quizás una brasa de cigarrillo. Se acercó un poco y vio que era una túnica larga y negra con una capucha amplia, y que la luz en el centro de la oquedad de la capucha era tal vez de un cigarrillo. La sombra le dio lentamente la espalda y le dijo algo que él no entendió, o entendió y no supo contestar, y entonces la túnica cayó y quedó probablemente el cigarrillo encendido en la nada negra y después todo desapareció y él se quedo allí, sintiendo que había fracasado. Sabía lo que había sucedido, pero no lo comprendía. Entonces regresó a Barcelona alucinado y desesperado, y después a París y después se subió al avión sin tener que hacerlo y se murió.
Una semana después de su muerte, Gonzalo, uno de la barra, recibió una postal desde Barcelona. Un texto complejo e indescifrable con la firma de Juan Marcos. La noche del día en que recibió la postal quiso quedarse solo pensando en aquel misterio y en otros misterios desconcertantes aunque no tan tristes. Estando en la sala escuchó un ruido de vidrios rotos en la cocina y automáticamente fue a investigar de qué se trataba. Busco por todos lados pero no encontró nada destruido y decidió irse a dormir considerando que ya había bebido y fumado lo suficiente. Al día siguiente quiso prepararse una taza de café, y cuando la alzó vio que la cafetera de vidrio se había rajado de arriba a abajo y de izquierda a derecha; la fisura tenía una evidente forma de cruz. Entonces me llamó por teléfono y me pidió que fuese de inmediato, sin explicaciones.
Me mostró la postal, la cafetera, y me contó todo el relato que Juan Marcos le había hecho apenas regresado de Sitges durante una cena que entonces le había parecido tan extraña como divertida. Fue cuando abrió un cajón y sacó unos papeles manuscritos.
—Antes de irse me dejó este sobre. “Está todo aquí —me dijo—. Es por esto”.
—¿Por qué lo escribió? ¿Por qué te lo dio? —pregunté.
—No lo sé. Tal vez para que alguien más lo supiera; no quería ser el único en conocer esta historia.
Extendió su brazo con los papeles temblando en la mano. Yo los tomé, y los guardo hasta ahora. Pero nunca, nunca los leí.


miércoles, 7 de abril de 2010




22


Fueron a la cocina y pusieron galletas de salvado, varias mermeladas y agua fresca sobre la mesa. Conversaron casi hasta la medianoche. Mary puso música -Mateo Clásico, volumen 1- y después quiso “saberlo todo”. Ana se confió sin reservas. Le contó que al principio había sentido miedo, casi pánico, de que la estuviesen espiando, de que se tratara de algún loco que planeara hostigarla. La curiosidad de Mary, su inmediato enganche con la historia operó, de cierta forma, como un reaseguro contra el temor. Al principio siguió rebotándole las cartas sin leerlas, pero no las borraba. Luego le llamó la atención que el juego continuara, y que él escribiera con tanta asiduidad. Tuvo curiosidad, y una noche empezó a leerlas desde la primera en adelante. Cuando apenas había leído la tercera, o la cuarta, se dio cuenta de que Mary se las había ingeniado para darle luz verde y para mantenerlo produciendo, y de que la única forma de hacerlo era por medio de los textos que ella decía ante cámaras. Le bastó mirar las grabaciones de un par de programas que tenía en su casa para tener la prueba fehaciente. Se sintió muy mal, como una marioneta estúpida usada por dos perversos. Había pensado en desbaratar todo enfrentando a Mary; quería reprocharle su crueldad. Estuvo a punto de llamarla por teléfono esa misma noche, pero “algo” se lo impidió. No supo explicarle a su amiga qué fue exactamente, tal vez su propia perversidad, su morbo excitado por el equívoco, por el resbaladizo juego de máscaras. Le confesó que la pasión y la habilidad que ella había puesto en el asunto le provocaron algo de envidia, de admiración. Esa misma noche leyó todas las cartas que habían llegado, y cuando terminó había decidido que se prestaría a continuar el juego, pero reservándose un papel secreto que la convertía en maestra de ceremonias. Si los naipes estaban marcados, que lo estuviesen para todos.
Leía las cartas antes de enviárselas a su amiga, y casi imperceptiblemente ese hombre la fue seduciendo. Miró la pizarra donde Mary elaboraba el “retrato robot” del corresponsal, y señaló que enseguida a ella le habían interesado cosas distintas de las que Mary se preguntaba. Ella deseaba forjarse una imagen física, un cuerpo. ¿Era gordo o delgado? ¿Alto o bajo? ¿Calvo? ¿Qué edad tendría y cómo llevaría sus años? ¿Cómo eran sus ojos, sus manos, su risa? ¿Sería elegante o desaliñado? ¿Casado, soltero?
Ella no lo había escrito en una pizarra, pero iba armando su propio “indetikit”. Las cartas empezaron a formar parte de esa corporeidad, y de sólo leerlas pasó a filtrarlas, a “apropiarse” de algunas de ellas sin que hubiese elaborado un criterio específico de selección. Elegía intuitivamente, según lo que le dictara su corazón, sus hormonas o alguna otra cosa por el estilo. Durante su viaje a Chile se dio cuenta de que lo extrañaba, de que su presencia en la computadora se había convertido casi en tangible, y de que ella se había transformado en adicta de la ansiedad, la agitación con la que leía sus cartas. Al regresar estaba decidida a provocar el encuentro, y también a aceptar las condiciones que, sin duda, él pondría. Lo demás, Mary ya lo conocía.
—Tenía que contártelo —dijo Ana—. Pero hasta que vi la pizarra pensaba que el tuyo era un interés… no sé, científico, o algo así; creía que tu juego era más frío. Nunca sospeché que estuvieses tan conmovida. Te lo pregunté la otra noche, en el boliche, ¿te acordás? Y tu respuesta fue tan poco entusiasta que… aunque debí imaginarlo…
—No, pará con eso. Ya pasó —la interrumpió Mary—. Y la cosa sucedió el otro día, cuando “fuiste al médico”…
—Hfhhum.
—¿Y ahora…?
—Quiero encontrarlo —admitió Ana con pasión-. Voy a salir a buscarlo hasta debajo de las piedras.
Mary se paró, fue hasta la pileta y se enjuagó los dedos pegoteados con mermelada.
—Eso no está dentro del acuerdo inicial. Sería una traición —dijo severamente, secándose las manos con un repasador de espaldas a su amiga.
Ana tenía una respuesta preparada. Esperó a que Mary se sentara nuevamente, la miró a los ojos con una expresión transparente, sincera.
—El acuerdo no fue conmigo —dijo, con suavidad.
Mary dejó caer la cabeza bruscamente -su cabello eran dos cascadas a los lados del rostro- y la sacudió levemente, asintiendo.
—Tenés razón —aceptó. Y enfrentando la mirada de su amiga, agregó—: Pero no lo vas a encontrar. Es imposible.
—Me tenés que ayudar, Mary. Juntas podemos. Vos lo conocés de una forma distinta, sabés cosas que yo no sé… —dijo señalando la pizarra.
—Si lo buscamos va a dejar de escribir.
—Y si no lo buscamos, ¿qué vamos a hacer ahora con sus cartas? ¿Nos las vamos a repartir salomónicamente? ¿Qué vamos a hacer nosotras? ¿Qué hago yo?
—Voy a poner otro disco —dijo Mary saliendo de la cocina.
Cuando regresó empezaba a sonar “Nascimento”, de Milton. Mientras volvía a sentarse comentó—: ¿Viste que grabó una canción de Mateo y otra de Leo Maslíah?
Ana estaba ensimismada, con los pies sobre la silla y la frente apoyada sobre las rodillas. Mary permaneció un momento en silencio, tratando de tomar una decisión. Pensó que, de cualquier forma, el sueño había terminado; y, además, su amiga era de carne y hueso.
—De acuerdo, te voy a ayudar.
—¡Bien! —gritó Ana poniéndose de pie con un salto y levantando los brazos, dispuesta a abrazarla.
—Pero con dos condiciones —se apresuró a decir Mary, atajando a su amiga con un brazo—: quiero todas las cartas, sin que falte una sola.
—¡Hecho! —exclamó Ana sin dudarlo un instante, y las dos se fundieron en un intenso abrazo—. ¿Y la otra? —agregó, expectante.
­—Esperá un segundo —pidió Mary, cuyo semblante había adquirido de pronto una gravedad que parecía inoportuna.
Se levantó y fue hacia su dormitorio, y cuando regresó traía una hoja de papel en la mano. Se sentó frente a Ana y se la extendió por encima de las galletitas y las mermeladas.
—Yo también tengo algo que mostrarte.
Ana tomó la hoja haciéndola girar 180 grados para poder leerla. El papel era antiguo, o parecía tener unos cuantos años. El membrete sobre el ángulo superior izquierdo decía “Registro Civil. Ministerio de Educación y Cultura. República Oriental del Uruguay”. Centrado, al tope de la página había un título: “Inscripción Tardía”. Ana leyó en diagonal el contenido del documento y cuando terminó hizo ademán de devolverlo a su amiga, pero Mary la detuvo con su palma en señal de “alto”.
—¿Qué pasa? —preguntó Ana—. Es tu inscripción en el Registro Civil. Algo así como tu partida de nacimiento.
—Pero es rara, Ana. Mirala bien— replicó Mary apoyando un codo en la mesa y su cara en la mano. Tenía en el rostro una expresión que Ana nunca había visto, una mezcla de estupor, asco y angustia.
Ana leyó más cuidadosamente. Era una inscripción tardía, pero eso no era demasiado raro. Figuraban los nombres y apellidos de su padre y de su madre, sus edades, sus profesiones –“empleados”-, quienes declaraban ser los padres de Mary, de dos meses de edad nacida el 4 de junio de 1978.
—¡¿Cómo dos meses de edad?! —exclamó Ana, sobresaltada.
—Ves, es lo que te digo —se quejó Mary.
—Bueno, pará, claro: por eso es una inscripción tardía —dijo Ana con la entonación de quien resuelve un acertijo.
—Pero… ¿dos meses? ¿Por qué taaaan tardía? –preguntó Mary alargando expresivamente el tan.
—No sé. Sí, mirado así, es un poco raro. Tenés razón. Pero pudo haber miles de motivos, yo qué sé…
—Seguí leyendo —pidió Mary.
Ana buscó la última línea que había leído y continuó. En “Lugar de nacimiento” decía “Hospital Militar”. Su corazón dio un vuelco, pero se contuvo, súbitamente consciente de lo que podría tener entre sus manos. Pensó en Mary, en qué estaría sintiendo, pero evitó mirarla. Estaba escrito y Ana lo leyó varias veces: “Los comparecientes declaran domicilio en: Centro Militar. Avenida del Libertador Lavalleja No 1546”. Ya no pudo parar hasta el final. Lo otro relevante que encontró fue que los testigos habían sido un militar y su esposa, quienes certificaban que Mary era hija de sus padres allí mencionados y que había nacido hacía dos meses, el 4 de junio de 1978 en el Hospital Militar. El círculo se cerraba.
Ana levantó lentamente su mirada, y vio que los ojos de Mary estaban inundados de lágrimas.
—No voy a llorar —se anticipó Mary—. No voy a soltar ni una sola lágrima hasta que sepa la verdad —y el llanto en sus ojos se iba reabsorbiendo como por arte de magia—. Yo también necesito buscar algo, y es la segunda condición, en realidad, es un pedido: que me ayudes en esto.
Ana se levantó de su asiento, dio dos pasos hasta donde se encontraba Mary, se agachó y la abrazó intensamente diciendo:—Por supuesto que te voy a ayudar. No sé bien cómo, pero te voy a ayudar.

sábado, 3 de abril de 2010





21


Cuando llegó a la esquina vio a su padre sentado junto a una mesa, en la vereda. En el breve trayecto que separaba el bar y su casa había decidido tomar la iniciativa para abreviar la conversación. Tenía bien claro lo que quería saber y obviaría los detalles.
Walter la vio cuando empezaba a cruzar la calle y se puso de pie. Se besaron y se sentaron. El sudaba copiosamente y estaba visiblemente nervioso.
—¿Cómo estás? —preguntó él mirándola con atención—. Tenés la cara como hinchada.
—Debe ser que tomé demasiado sol —mintió—. Una alergia o algo así.
Walter llamó al mozo.
—¿Qué vas a pedir?
Mary observó que su padre había bebido dos cafés. Pidió un chop, y vio que él se acomodaba en la silla como para empezar a hablar.
—Esperá. Quiero hablar yo primero —anunció ella.
Walter ya tenía la boca abierta, e intentó cumplir con su plan.
—Mirá, Mary: creo que…
—No, papá. Tengo poco tiempo, así que voy a ir al grano: abrí la carpeta que me dio tu escribano cuando fui a buscar el título de propiedad de tu casa para el asunto de la garantía del apartamento.
—Nuestra casa —corrigió él.
—Vi cosas que hubiese deseado no ver —continuó ella como si él no hubiese hablado—. Cosas que ya me sospechaba…
—Mary, escucháme…
—Papá: o me escuchás o me levanto y me voy —amenzó Mary con vehemencia.
Walter se dio cuenta de que no podría imponerse y de que la conversación se desarrollaría de una forma distinta a lo que él había planeado. Se sintió aún más inseguro, pero no tenía alternativa. Guardó silencio.
—Vi un papel que dice que estuviste once años en el Ministerio de Defensa. Nunca me lo contaste. Siempre me dijiste que trabajabas en la Intendencia y que hacías “negocios”. Tus misteriosos “negocios”. Lo que quiero que me digas es si mamá supo que estuviste con los milicos, si supo que ganabas plata haciendo chanchullos con ellos.
Walter parecía sorprendido, casi atónito. Demoró unos segundos en reaccionar.
—¿Eso es lo que querés saber?
—Sí —contestó ella secamente.
—¿Es por eso que querías hablar conmigo? —insistió, incrédulo.
—Sí, por eso. ¡Qué! ¿Te parece algo intrascendente? Si es así, ¿por qué lo ocultaste?
Walter se recostó en el respaldo de la silla, buscó al mozo con la mirada y le hizo una seña con la mano derecha. Volvió a mirar a Mary y se tomó su tiempo antes de hablar. Necesitaba preguntar y, a la vez, no parecer alarmado.
—Sabés que no debiste abrir esa carpeta; son cosas personales. Yo siempre respeté tu intimidad, tu diario, las cosas que escribías, los cuadernos que llenabas…
Mary resopló, perdiendo la paciencia.
—…está bien, está bien —se atajó él, y aprovechó la pausa que le proporcionó la presencia del mozo; ordenó un whisky doble y continuó—. Lo hecho, hecho está y no vamos a hablar de eso. ¿Qué más viste?
Mary pareció algo sorprendida por la pregunta, pero creyó saber por qué la hacía su padre.
—No sé, miré otros papeles… Vi unos títulos de apartamentos, de una chacra…
—No viste nada más —afirmó él.
—¡No! ¡No! —exclamó Mary casi gritando—. Encontré ese papel de mierda y no quise ver más nada. ¿Por qué? ¿Qué otra cosa podría haber visto? ¿A qué se debe este interrogatorio?
—Calmate, Mary. Por favor; no hagas un escándalo —dijo Walter mirando alrededor.
Sintió que, una vez más, la suerte le sonreía. Lo que haría a continuación le resultaría muy sencillo.
—No había nada para ver. Son papeles viejos, cosas viejas que uno guarda porque sí, de cachivachero. No oculté nada; no tengo nada que ocultar. Podías haberme preguntado directamente lo que quisieras. Estuve en el Ministerio, sí, pero eso no es un delito. Pasé en comisión desde la Intendencia porque tenía un amigo de la infancia, entonces mayor del Ejército, que estaba destacado ahí, con un buen puesto, y me pidió. Eso es todo. Había “estado de guerra interna” y los sueldos de los militares y asimilados se pagaban doble. Ese fue mi interés.
—¿Mamá lo supo? —insistió Mary.
—¡Por supuesto! ¿Cómo no iba a saberlo? —dijo él sonriendo.
—Sabía que tus negocios eran en realidad chanchullos, contrabando, para ser más exacta.
—¡Chanchullos! ¿Qué quiere decir eso? ¡Me ofendés gratuitamente! Trabajar en el Ministerio tenía algunas otras ventajas, como por ejemplo que te quedaba mucho tiempo libre. Utilicé ese tiempo para hacer algunos negocios, comercio, intermediación…
—¡Qué elíptico sos cuando querés!
—Bueno, está bien —dijo Walter fingiendo que se enfadaba—: hice uno o dos viajes desde Buenos Aires con mercadería no declarada, pero vos sabés tan bien como yo que quienes gobiernan, sean del color que sean, tienen ciertos privilegios. No era para mí; lo hice para mi amigo militar. Le debía ese favor y le correspondí. Me ayudó durante once años, me permitió ganarme bien la vida -cosa que a vos también te benefició- y, al final, lo hace todo el que puede. En este país eso no te convierte en una rata de caño.
—¿Mamá lo sabía?
—Nunca hablé de mis negocios con tu madre. Y ella tuvo el sentido común de nunca preguntarme nada —replicó él, contraatacando—. En cuanto a los títulos —agregó sin dar tiempo a que Mary preguntara al respecto—, eran propiedades de Isabel, bienes que heredó de su familia con la que, como bien sabés, se enemistó para siempre poco después de casarse conmigo.
Mary deseó preguntar sobre la familia de su madre, saber cuál había sido la causa de una pelea tan tajante, pero no quería extender la conversación y se quedó en silencio.
—Cuando ella se enfermó decidimos poner todo a mi nombre para evitar los impuestos a la herencia y los trámites engorrosos. Todo eso será tuyo, hija. No te dije nada cuando me anunciaste que querías vivir sola porque pensé que era una reacción contra la llegada de Ofelia a nuestra vida.
—A tu vida —corrigió Mary.
—Quise ver hasta dónde llegabas, y creo que me equivoqué. Ya sos toda una mujer y sabés lo que hacés. La semana que viene nos juntamos en casa y hablamos al respecto. Podemos poner uno de los apartamentos a tu nombre y vivirías allí, en tu propia casa.
—No sé, veremos. Todo eso… en este momento no quiero pensarlo. Ya tengo la contestación que necesitaba. Me tengo que ir —dijo Mary poniéndose de pie y tomando sus llaves de la mesa.
Walter también se paró.
—¿Ves como no había nada de qué alarmarse?
—Te llamo la semana que viene —prometió besándolo en la mejilla brevemente.
—Bárbaro. Si precisás algo, avisame. ¡Te quiero! —le gritó agitando la mano mientras Mary cruzaba con paso presuroso y sin devolver el saludo.
Walter se dejó caer pesadamente sobre la silla y exhaló un profundo suspiro. Encendió un cigarrillo y pidió otro whisky doble.


Mary encontró a Ana dormida sobre su cama. La televisión estaba encendida y había bebido el resto del vino que quedaba en la botella. Vio la carpeta abierta. Se sentó del otro lado de la cama, apoyó los codos en sus rodillas y puso la cabeza entre sus manos. Necesitaba desacelerarse, frenar un poco la velocidad de aquel día. Sentía que en pocas horas su vida había cambiado sustancialmente de rumbo y precisaba calmarse, relajarse para ir digiriendo todo.
Abrió la mesa de luz y tomó lo necesario para armar un porro. Sus movimientos despertaron a Ana.
—¡Cómo demoraste! ¿Qué pasó? —preguntó sentándose en la cama.
Mary le contó escuetamente la conversación que había tenido con su padre.
—¿Le creíste?
—No —contestó Mary pasándole el porro encendido a su amiga.
—¿Y qué vas a hacer?
—No sé.
—Es extraño eso de la familia de tu madre…
—Sí; es la única punta por la que puedo tratar de saber algo más, oír la otra campana. Pero no tengo idea de cómo encontrarlos. Las relaciones se rompieron completamente antes de que yo naciera; no los conozco, no sé nada de ellos.
—Lo hiciste livianito, ¿no? —dijo Ana devolviéndole el porro.
—Más bien. Tenemos mucho de qué hablar y quiero estar bien lúcida —contestó riendo—. Por ejemplo, ¿no? —hizo una pausa para dar una pitada—, volviendo a lo nuestro, ya que te lo fifaste, me podrías decir por lo menos cómo te fue.
—¡Pequeña morbosa! —exclamó Ana tomando una almohada y apretándola contra su pecho—. Hizo una pausa y preguntó—: ¿Estás segura de que querés saberlo?
—Ya te dije que lo mío no va por ahí —replicó Mary.
Ana giró y quedó boca abajo, con su cabeza sobre la almohada. Entornó los ojos y habló suavemente.
—Fue la cosa más increíble que me pasó en mi vida. Desde ese día estoy flotando, como en las nubes. Nunca imaginé que el sexo podía ser algo así, tan maravilloso, tan… mágico. No sé bien cómo fue; sólo me quedaron sensaciones, una vibración en todo el cuerpo que me duró durante horas. Y aún, de vez en cuando, ese temblor vuelve como un flash y me sacude por completo, como si durante un par de segundos estuviese de nuevo en aquella habitación. Fue, no sé, no tengo tu facilidad para las palabras; fue… total, absoluto. Pero no hubo atletismo, ¿entendés? —dijo mirando a los ojos de Mary—; no hubo proezas, para nada. Hubo… comunicación…
—En pocas palabras —cortó Mary—: estás enamorada.
Ana permaneció en silencio, tratando de integrar ese término que aún no había aparecido francamente en su conciencia. Giró la cabeza de modo que Mary no pudiera verle el rostro.
—No lo sé, pero necesito encontrarlo; necesito verlo. Lo preciso con desesperación. No logro pensar en otra cosa.
—Bueno, esto se pone realmente serio. Ahora yo te voy a decir algo. No me entra en la cabeza que vos, ¡vos!, la mujer independiente, con experiencia, famosa -por lo menos conocida públicamente-, tan racional, tan centrada, hayas osado responder a una invitación como ésa. Te juro que no lo puedo creer. Parece de película: ¡los ojos vendados! ¡Por favor! Toda esa puesta en escena. Bueno, es típico de él. Pero, ¡vos! ¿Cómo te animaste?
—No leíste bien la carta que te mostré —dijo Ana volviéndose hacia Mary—. Te emocionaste y no leíste bien. El aceptó. Yo se lo propuse.
—¿Cómo que se lo propusiste? ¿Cómo lo hiciste?
—Me inspiré en vos, para variar. Me dije que si vos podías comunicarte con él, yo también podría hacerlo. Y busqué mi manera. ¿Tenés el programa de hace dos semanas?
Mary parecía fascinada por lo que estaba escuchando y se activó de inmediato.
—Sí, creo que sí… Siempre los copio —dijo mientras buscaba entre varias pilas de dvd que llenaban todo un estante, debajo del televisor—. Espero no haberlo perdido.
—¿Te acordás de aquella presentación que repetí como siete veces, la pavada aquella sobre las góndolas de Venecia y “la eterna tradición de los enamorados”?
—Sí, sí; me acuerdo… que te pusiste pesada y nadie entendió por qué la querías volver a hacer —recordó Mary revisando los dvd uno por uno.
—Bueno, ahora sabés…
—¡Aquí está! —gritó Mary con un dvd en la mano.
Lo introdujo en el lector, se sentó frente al televisor y tomó el control remoto. Ubicó la presentación de la nota en cuestión y oprimió “Play”.
Ana se sentó a su lado. Ya había anochecido. En la pantalla se veía a Ana sentada en una bellísima silla de mimbre con el respaldo alto, señorial. Mary escuchó atentamente.
—Para todos nosotros Venecia es sinónimo de misterio y romanticismo. Su laguna en el pórtico de las antiguas casas, sus calles de agua, sus íntimos rincones, sus historias ocultas y, sobre todo, sus góndolas. Hoy, más que nunca, muchas parejas eligen esa ciudad para disfrutar las delicias de un amor recién nacido o, por qué no, para renovar promesas de amor eterno. Un paseo en góndola por la secreta Venecia continúa siendo la tradición preferida para todos los enamorados. Vamos allá.
—Pero… —Mary puso “Pause”— …sí, creo que es exactamente lo que yo escribí; no cambiaste nada, lo dijiste textual.
—Precisamente. Esas palabras tuyas fueron las que me dieron la idea. En cuanto leí tu texto me dije: “Es ahora o nunca”; y de inmediato supe cómo lo haría.
—No entiendo —decía Mary mirando el televisor.
—Pasalo de nuevo —indicó Ana—, pero ahora poné atención a la imagen.
Mary obedeció, concentrándose en la imagen como le pedía su amiga. De pronto dio un leve brinco y volvió a su lugar.
—¡Ahí! —exclamó, llena de excitación, mientras retrocedía la imagen apenas unos segundos—, me parece que vi algo raro. No sé qué es… Algo.
Las imágenes regresaron, nítidas, a la pantalla. En determinado momento Mary congeló una imagen.
—Eso es —dijo como para sí, acercándose a la pantalla—. Esa pequeña manchita blanca entre tus piernas… ¡Puerca! —exclamó, riendo—. ¡Es tu calzón!
Ana se tapaba el rostro con una mano y reía a carcajadas.
—¡No lo puedo creer! —festejaba Mary, asombrada—. ¡Le mostraste la bombacha a todo el país!
—¡Epa, che! ¿Vos lo habrías visto si no hubieses estado sobre aviso? ¿Alguien se dio cuenta? Nada. Nadie vio nada. Sólo él.
—Claro —razonaba Mary, observando la escena nuevamente—, es el movimiento natural de cruzar las piernas, sólo que la levantaste apenas un poquito demás. Y eso sucede justo cuando decís: “… la secreta Venecia…” ¡Qué guacha!
Mary miró varias veces más aquellas imágenes, divertida con la audacia de su amiga y al mismo tiempo impresionada por la sensación de que, de cierta forma, juntas habían producido algo así como “una obra” que permanecería secreta para siempre.
—Tengo sed —interrumpió Ana—, y necesito…
—Sí, algo dulce. Yo también. Vení.


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miércoles, 31 de marzo de 2010






20



Demoró un buen rato en calmarse. Ana había permanecido a su lado, en silencio, abrazándola, consolándola, conmovida hasta los huesos por la desgarradora reacción de Mary y por el descubrimiento de que había desarrollado hacia ella un sentimiento de hermana mayor. Ahora la podía imaginar claramente esperando esas cartas con una ansiedad que ella nunca experimentó, y admiró el temple de su amiga. No alcanzaba aún a entender cabalmente qué significaban para Mary, pero tenía delante de sus ojos la consecuencia de la ilusión rota. En ese momento, hasta le perdonaba como un pecado venial que las frases codificadas que le mechaba en sus monólogos y presentaciones no tuvieran sólo la intención de juguetear, como había creído desde un principio. Mary alimentaba una relación profunda, extraña y única sirviéndose de ella como mensajera, como intermediaria supuestamente inocente. La había usado, sí, pero no le había hecho daño y había sido por un sueño maravilloso, impulsada por una fantasía indoblegable. Trataba de encontrar una manera satisfactoria para ambas de solucionar aquella situación, pero no se le ocurría ninguna.
De pronto Mary se levantó de la cama, entro al baño y cerró la puerta. Ana pensó que debería irse en ese momento, pero no quería hacerlo. Se tendió en el lecho, escuchó cómo Mary se sonaba la nariz y luego oyó el agua corriendo en el lavabo. Después de algunos minutos Mary regresó al dormitorio. Las huellas del llanto eran aún perceptibles en su rostro. Miró a su amiga, se pasó las manos por la cara y se acostó a su lado. Estaban ambas boca arriba, sin tocarse. Mary habló primero.
—Disculpame. No debí insultarte así. Realmente, no pienso lo que dije; sólo… quise herirte.
—Sí, lo entiendo.
—No estoy segura de que lo entiendas, pero necesito que me disculpes. Fui grosera, e injusta.
—Te disculpo la grosería y, ya que estamos, también el zamarreo. Pero, ¿por qué injusta? —preguntó Ana.
—Porque, en realidad, yo te usé; fuiste mi señuelo.
Ana permaneció pensativa durante algunos instantes.
—Y vos fuiste mi curiosidad, mi imaginación y mi creatividad. Yo usé tu letra y vos mi imagen. Estamos a mano —propuso, ecuánime.
Se quedaron las dos mirando el techo. Afuera el sol comenzaba a declinar.
—Sí —admitió Mary rompiendo el silencio, con un tono que ya no era compungido sino totalmente calmo—, pero vos te lo fifaste.
Ana intentó reprimir una carcajada, pero el aire se le escapaba entre los labios apretados. Se tapó la boca con la mano, pero fue igualmente inútil. Su risa ahogada, entrecortada, rompió definitivamente el hielo. Casi sonriendo, Mary se apoyó en un codo incorporándose a medias y la miró fingiendo incredulidad y asombro.
—Reíte, no más; pero es cierto. Te lo fifaste.
Ana rió entonces de buena gana. Su cuerpo se sacudía de arriba hasta abajo, liberando toda la tensión que había acumulado.
—¡Aaahhh…! —exclamó—. ¡Fifaste! ¡Cuánto hacía que no escuchaba esa palabra!
Se sentó en la cama de espaldas a Mary, y con las manos secó las lágrimas que le había arrancado la risa.
—Sí, es cierto, aunque yo no usaría esa palabra—. Se volvió para mirar por un segundo a Mary y agregó-: Y hoy me di cuenta de que vos empezaste a amarlo antes que yo. Mientras para mí era todavía un loco, un desquiciado que se le daba por escribir cartas, vos ya estabas viendo su alma.
—Yo no lo amo a él; ahora lo tengo absolutamente claro. Amo lo que escribe, lo que provoca en mí con sus letras —señaló Mary yendo hasta el escritorio. Abrió un cajón, sacó una carpeta y la lanzó sobre la cama. Ana la tomó lentamente y leyó la etiqueta: “Salvaletras”.
—Mary —empezó a decir Ana con gravedad—, tengo que confesarte algo…
—Qué —preguntó Mary calmamente.
—Hay más…
—Bueno, dale, decime todo, ¿total? ¿Qué más pasó?
—No, no entendés —decía Ana con la carpeta en la mano—. Hay más…
Mary se puso rígida, retrocedió un paso y se sentó a medias sobre el escritorio, las manos apoyadas a los lados.
—¿Más… cartas? ¿Hay más… cartas? ¿Es eso lo que querés decir? —preguntó con impaciencia.
Mary vio cómo Ana asentía con la cabeza, ocultándole la mirada.
—No puede ser; no es posible —decía Mary caminando de un lado al otro del dormitorio—. ¡Hay más cartas! ¡Todo este tiempo… hubo más cartas!
Ana se incorporó bruscamente dejando la carpeta sobre la cama e interceptó a su amiga. La tomo de los brazos y la obligó a mirarla.
—Mary, por favor, no empieces de nuevo —rogaba—. Tenés que entender que yo no sabía nada, no lo sabía. Mary, Mary: ¡no lo sabía! —exclamó, conmovedoramente, y la abrazó con fuerza.
Al cabo de unos segundos Mary correspondió el abrazo.
-Sí, tenés razón, claro —aceptó, al tiempo que comenzaba a sonar el teléfono. Dejó que se activara el contestador, y escuchó la voz de su padre.
—Hola. ¡Mary! ¿Estás viniendo o te dormiste? Son las seis y cuarto y estoy en el bar. Te espero otro ratito. Besos.
—¡Carajo! ¡Me había olvidado! —exclamó soltándose del abrazo de Ana—. Tengo que ir. No lo puedo dejar plantado. Pero vos no te vayas. Arreglo esto en quince minutos, vuelvo y seguimos conversando. ¿Ta?
—Si tenés un compromiso…
—¡No! Te lo pido por favor. Había quedado en encontrarme con mi padre, es todo. Pero no podemos dejar esto así, y menos después de lo que me acabás de decir.
—Bueno, te espero. OK.
En cinco minutos Mary estuvo vestida y con las llaves en la mano. Antes de salir sacó la botella de vino blanco del refrigerador, sirvió una copa y se la puso entre las manos a Ana.
—Queda otro poco en la botella —dijo, apresurada—. Enseguida vuelvo.


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martes, 30 de marzo de 2010

A QUIENES MANDARON COMENTARIOS:

LAMENTO QUE UN ERROR DE CONFIGURACIÓN EN LAS ENTRADAS DEL BLOG (INEXPERIENCIA MÍA) HAYA PROVOCADO QUE HASTA AHORA NO LOS RECIBIERA .
YA PARECE ESTAR SOLUCIONADO EL INCONVENIENTE.
LAS DISCULPAS DEL CASO.



19



Cuando abrió la puerta Mary tenía puesta su salida de baño y con la mano derecha se sujetaba el cabello envuelto en una toalla roja. Besó a su amiga y la vio más bella que habitualmente, bella y cansada. Algo distinto iluminaba aquel rostro que ella conocía tan bien, desde todos sus ángulos y en todas sus expresiones. Tal vez era un efecto de las marcadas ojeras que le daban un aire diferente a su mirada; o quizás era que insólitamente Ana estaba vestida con una calza gris y una camiseta blanca y amplia, como si por primera vez en su vida no hubiese escogido la ropa antes de salir. Traía una cartera de lona negra que dejó en el piso, junto al sillón donde se dejó caer.
—No me mires así. Estoy espantosa —dijo Ana llevándose el pelo detrás de las orejas.
—Error. Estás bárbara. Deberías probar a salir así en cámaras de vez en cuando.
Mary fue hasta el equipo de música.
—¿Qué querés escuchar? —preguntó, tratando de que Ana se ambientara.
—Eso, música. Quiero escuchar música permanente, incesante y empalagosamente romántica.
Mary se volvió ligeramente y vio que Ana había cerrado los ojos y levantado los brazos como preparándose a saltar desde un trampolín. Mary puso “Fina estampa”, de Caetano Veloso, y se sentó frente a Ana.
—Sos una maga —dijo Ana, y se quedó en silencio, mirándola a los ojos.
—Las mujeres no somos magas, somos brujas —acotó Mary. Hizo una pausa y preguntó: —¿Entonces?
Ana rió nerviosamente. Parecía no saber qué hacer con sus manos que iban de su cara a sus rodillas y de nuevo a su cara.
—No sé —empezó con timidez—, …es que… tengo que admitirlo: me da vergüenza.
—¿Vergüenza? Mmhhh —dijo Mary pasando la lengua por sus labios y frotándose las manos—. Esto parece más interesante de lo que había pensado.
—Por favor, Mary; no me lo hagas más difícil —la regañó Ana con suavidad—. No se lo puedo contar a nadie más, a nadie. ¿Entendés?
—Bueno, ta. Entonces, empezá.
—No sé por dónde empezar —seguía dudando Ana, tratando de encontrar coraje. De pronto miró fijamente a Mary y pareció decidirse. Tomó su bolso y lo colocó en su falda. Buscó durante un momento y sacó una hoja de papel doblada al medio. Dejó el bolso en el sofá, se puso de pie y le extendió el papel a Mary.
—Empecemos por aquí —dijo con gravedad—. Leé esto.
Mary dejó la toalla a un lado y tomó la hoja. Cuando empezaba a leer vio que Ana se paraba frente a la ventana, miraba el cielo por el pozo de aire, dándole la espalda.

From: ttlook@alenhaywood.co.uk
Está bien: lo pensé y, acepto; pero tendrá que ser sin romper las reglas que hemos observado hasta ahora. Quiere decir que vos no me verás en ningún momento ni intentarás hacerlo bajo ninguna circunstancia. He arreglado todo. Si estás de acuerdo sólo tendrás que seguir estas instrucciones al pie de la letra. Dentro de tres días, a las dos de la tarde, entrarás con tu auto en el garaje de la habitación 05 del Motel La Morada.

Mary interrumpió la lectura y levantó la mirada lentamente. Tenía la boca abierta y una expresión en su rostro que a Ana le resultó indescifrable.
—¡Ana…! -empezó a decir, pero su amiga la interrumpió.
—Por favor, no preguntes nada ahora. Primero leé hasta el final. Me muero de la ansiedad. ¿Tenés algo dulce para comer?
—Ehhh… En la cocina hay fruta —respondió Mary, ya inmersa nuevamente en la lectura.

Entrarás en la habitación. Encontrarás sobre la cama una tela de algodón. Es para que te vendes los ojos con ella después de desnudarte completamente. Apagarás las luces que hayas encendido y te acostarás boca abajo, con la pierna derecha levemente flexionada, formando casi un ángulo recto con relación a tu cadera. Recostarás tu cabeza en la almohada y pondrás tus manos debajo de ella. Yo entraré diez minutos después que vos. No sucederá nada que ambos no deseemos. Este encuentro, si se produce, no será tema de mi correspondencia nuevamente y, claro está, será el único.
Suerte. Para los dos.

Le costó despegarse de las letras, pero cuando lo hizo vio que Ana estaba parada en la puerta de la cocina y miraba en dirección de la pizarra. En ese momento Ana se volvió hacia ella, transfigurada. Tenía un trozo de manzana en la boca que no lograba terminar de masticar, lo que aumentaba la expresión desencajada de su rostro. Sus ojos se encontraron presintiendo el mismo abismo, empezando a adivinar la catástrofe que seguiría.
—¿Qué es esto, Ana? —preguntó Mary, cuya única ventaja era no tener la boca llena.
Ana hizo un esfuerzo y tragó rápidamente.
—Mejor explicame vos qué es eso —dijo aclarándose la garganta y señalando la pizarra en la cocina.
—Eso no te importa. Contestame: ¿qué es esto? —volvió a inquirir agitando la hoja de papel y poniéndose de pie.
—Esto es un error lamentable —cortó Ana tajantemente, mientras dejaba la manzana en el sillón y se inclinaba para tomar su bolso.
De un salto Mary se interpuso entre su amiga y la puerta. El movimiento brusco provocó que el cinturón de su salida de baño se desanudara, pero ella pareció no percibirlo, o no le importó.
—Ahora no te vas. Me vas a tener que decir todo. ¿De qué se trata todo esto? ¡Es de él!, ¿verdad?
Mary parecía fuera de sí. Hablaba con los dientes apretados, y abrió los brazos para cubrir la puerta lo que provocó que su cuerpo desnudo quedara completamente expuesto. Sorprendida por el cariz que había tomado la situación tanto como por la desnudez de su amiga, Ana permaneció inmóvil.
—Dejame pasar, Mary. Esto es un malentendido —atinó a decir.
Mary comenzó a avanzar lentamente hacia Ana. La furia que despedían sus ojos hizo que su amiga se moviera de modo que el sillón quedara entre las dos.

—Mary, calmate —decía Ana tratando de apaciguarla—; esto no puede ser. Yo no sabía… Nunca me imaginé que vos…
—¿Qué hiciste? —Mary continuaba avanzando y Ana retrocedía hacia el dormitorio—. ¡Me leíste las cartas, pedazo de una traidora! ¿Cuántas leíste? ¿Eh? Todas, ¿no? ¡Estabas al tanto de todo! Jugaste con nosotros como con marionetas.
—¡Mary! Pero, ¿qué decís? ¿Cómo tus cartas?
—Y fuiste a la cita, ¿no? La nena linda de la televisión se regaló en una amoblada con los ojitos vendados y culito para arriba, ¿no? ¡Pedazo de una puta!
—¡Basta! —gritó Ana deteniéndose en la puerta del dormitorio, dispuesta a acabar con aquella situación.
—¡Basta, nada! —gritó Mary a su vez, mientras empujaba a Ana hacia la habitación—. ¡Sos una traidora y una puta de mierda! Me dijiste que no las querías, que no te interesaban. ¡Eran mías, sólo mías! Ahora ensuciaste todo. ¡Todo!

Mary la tomó por los hombros. Ana quiso resistirse y ambas cayeron sobre la cama. Mary estaba sobre su amiga y la sacudía por los hombros mientras gritaba.
—¡Ensuciaste todo! ¡Eran mías! —y sus lágrimas saltaban como clavadistas, describían una parábola y caían sobre el rostro y el cabello de Ana.
—Yo no sabía; no me dijiste nada —intentaba explicar Ana, ella también comenzando a llorar.
Mary cesó de zarandearla y se derrumbó a un lado, boca abajo, sollozando desconsoladamente. Su cabello negro y mojado se esparcía sobre la sábana blanca. Ana tuvo el reflejo de abrazarla y Mary no rechazó el gesto. Unió su cabeza a la de su amiga y lloraron juntas, aunque por cosas distintas.
—Mary, por favor, no llores más. No lo sabía. Perdoname. No quise hacerte daño. Perdoname —repetía Ana con la voz entrecortada, casi susurrando, mientras acariciaba la espalda de su amiga.
Mary no podía hablar y tampoco parar de llorar. Sabía que algo muy importante para ella había acabado cuando recién empezaba a sentir que estaba comenzando. Ese mundo apenas entrevisto, y sin embargo tan rotundo, se alejaba segundo a segundo, se diluía, se licuaba y escapaba como sus lágrimas entre los dedos. Y esas letras, que ella convirtió en su territorio de ensueños e inquietudes, que la transformaban en pájaro, en hada resucitadora, ya no eran suyas. Ese retoño que había insinuado en su interior se secaba segundo a segundo, quemado por un viento helado, polar, incontenible como su pena.

sábado, 27 de marzo de 2010





18



Mary regresó a su casa de excelente humor. Su intuición matutina se había confirmado plenamente: había sido un muy buen día. Dejó sus carpetas y la cartera sobre el sillón y los dos lomos de brótola que había comprado a la pasada sobre la mesada de la cocina. Puso una botella de vino blanco en el refrigerador preparándose para una velada solitaria pero que rematara dignamente la jornada. Sus movimientos eran ágiles y precisos. Puso un disco de Mateo y accionó el contestador para escuchar los mensajes. Ana había llamado dos veces la noche anterior pero sólo preguntaba si estaba durmiendo.
—Bueno, mañana hablamos —terminaba el segundo.
No habría sido nada importante porque, aunque de pasada, se habían visto en el canal y Ana no había mencionado las llamadas.
Su padre preguntaba si estaba todo bien, si necesitaba algo y si aún lo quería. Lucas no había llamado.
Se quedó pensando en su padre, en su doble vida, especulando con las posibles razones de aquella farsa. Decidió refrescarse con una ducha y mientras lo hacía empezó a admitir formularse una pregunta que evadía desde hacía semanas. ¿Su madre lo sabía? ¿Sabía todo, una parte, o lo ignoraba por completo? Había muerto cuando Mary tenía ocho años; “un cáncer fulminante”, le había explicado su padre cuando cumplió los doce. La recordaba nítidamente. Era una mujer pequeña, algo melancólica o quizás triste. Nunca habían paseado solas; las salidas siempre eran de a tres, y su padre era el alma de la diversión. Cuando regresaba de sus “viajes de negocios” él decidía cuándo y adónde irían, mientras tanto, había que esperar. Desde hacía tiempo sabía que su madre no había sido feliz, pero ignoraba si se lo había impedido su carácter huraño, tal vez depresivo, o si una pena profunda le había quitado el placer de vivir.
—El placer de vivir —repitió en voz alta.
Estaba terminando de secarse frente al espejo del baño. Miró el reflejo de su rostro enmarcado por su cabello despeinado, sus senos enhiestos; observó el color de su piel, el resto de su cuerpo pleno y firme. No se parecía a ella. Pero a menudo se encontraba menos semejanzas con su padre. Sonrió, de pronto, sorprendida por una idea absurda: su madre haciendo el amor con otro hombre. Acabó de secarse. Se puso ropa ligera y decidió hacerse la cena de inmediato. Estaba realmente hambrienta. Tenía pensado cocinar los lomos de brótola a la plancha. Se dio cuenta de que había olvidado comprar alcaparras, y estaba pensando cómo modificar la receta cuando sonó el teléfono.
—Hola, hija, ¿apareciste?
—Hola, papá. Ando con mucho trabajo —alegó Mary con cierta sequedad.
—Te llamé varias veces; te dejé mensajes en el contestador.
—Sí, lo sé. No pude llamarte.
—Hija: ¿estás bien?
—¿Por qué me decís “hija”? Siempre me llamaste Mary. ¿Qué se te dio ahora con eso de “hija”?
—Bueno, sos mi hija. No sé, lo digo sin darme cuenta. ¿Te molesta que te llame hija?
—No me agrada. Prefiero Mary, como siempre.
—¿Qué pasa Mary? ¿Estás enojada por algo?
—Sí —confesó, sintiendo que estaba a punto de franquear una barrera hacia un territorio sin retorno.
—¿Peleaste con Lucas?
—Sí, pero no es eso lo que me tiene enojada. No sé si es enojada la palabra exacta.
—Vos siempre buscando la palabra exacta —dijo él en tono distendido, como si evocara una travesura infantil.
—No sé; creo que lo que estoy es triste.
—¿Y por qué está triste mi corazoncito de melón? —preguntó él afectando la voz de la forma en que ella odiaba que lo hiciera.
—¡Papá! ¡Basta! No me hables así, no soy una niña. Soy adulta, mucho más adulta de lo que te imaginás —exclamó Mary levantando la voz—. Quiero que hablemos. Vos y yo solos, en privado. ¿Entendés?
—Claro, claro —contestó su padre articulando ahora normalmente—, cuando quieras ¿De qué vamos a hablar?
—De mamá.
Se produjo un silencio largo. Mary escuchó que su padre se acomodaba en el sillón de cuero ubicado junto al teléfono.
—¡¿De tu madre?! —exclamó él sorprendido.
—Sí, de ella, de vos y de mí —agregó Mary sin poder evitar que su voz pareciera levemente amenazadora.
—¡Caramba! Aclarame un poco de qué se trata porque lograste inquietarme.
—No, papá. Por teléfono no quiero hablar. Encontrémonos en algún lugar. Tampoco quiero que sea en casa… ¡Hola!
—Sí, te estoy escuchando.
Mary percibió que algo había cambiado en la voz de su padre. Ya no sonaba empalagosa ni ansiosa. Se daba cuenta de que se trataba de algo serio y estaba intentando imaginarlo.
—Mañana, a las seis. Aquí en la esquina, en el boliche de Carlitos —intentó abreviar Mary.
—¿No hay dos ahí? ¿Cuál de los dos es el de Carlitos?
—En el que hay gente.
—Bueno, en fin. No voy a perderme. A las seis.
—Chau; hasta mañana.
—…Mary: acordate de que te quiero mucho. Siempre te quise.
—Chau, papá.
—Chau, hij…, Mary —se corrigió.

Cenó en la cocina prolijamente, con mantel, una copa para el vino y galletas de salvado en una pequeña cesta de mimbre. Lejos de arruinarle el fin de aquella jornada, de alguna forma que aún no alcanzaba a descifrar completamente la conversación con su padre la había coronado. Hacía mucho tiempo que no se sentía tan bien, tranquilamente bien. Sabía que la conversación con su padre al día siguiente sería dura, pero lo sería sobre todo para él. Era él quien tendría que aclarar, explicar. A ella sólo le correspondía preguntar. En realidad, deseaba enfrentarlo, pero no alimentaba ningún sentimiento de venganza.
—Debo estar madurando aceleradamente —se dijo.
Terminó de cenar, se armó un porro y lo fumó con deleite. Lavó lo que había ensuciado y decidió acostarse. Al pasar por el escritorio encendió la computadora sin esperar encontrar correo esa noche, pero lo hizo casi por superstición. No había nada. Ya en la cama marcó el número de Ana. Quería contarle que se sentía maravillosamente bien, que el mundo era bello y que había que disfrutar del placer de vivir. Quería también contarle lo de su padre. Pero Ana no estaba, así que le habló al contestador.
—Aló, nena —dijo parodiando el tono maternal con que a veces la trataba su amiga—. ¿Otra vez callejeando? Me alegro. Sé feliz, no lo olvides. Besos.

Ana dormía profundamente con la luz encendida. Estaba soñando que caminaba por una playa abierta y solitaria; la arena era blanca, fina, y el agua verde y cristalina a la vez. A pesar de que el sol estaba alto y corría una leve brisa caliente ella estaba aterida de frío. Era un frío interno que nacía en sus huesos y penetraba tejidos y órganos hasta la piel. A medida que caminaba iba encontrando ropa que se iba poniendo, una sobre otra, pero cada vez le costaba más caminar y el frío no cedía.

A esa hora Walter estaba en su casa, sentado en una habitación a la que él llamaba “la oficina”. Allí se reunía con sus amigos y socios dos o tres veces por mes para hablar de “negocios”. Delante de él, sobre el escritorio, había una carpeta vacía y a su lado un montón de papeles desordenados. Sostenía una hoja en su mano derecha. No la estaba leyendo. En realidad su mirada se perdía en algún punto del patio interior cubierto por una claraboya que era el centro de distribución de aquella casa antigua, remodelada con abundante dinero y escaso gusto. Demasiado madera rústica “de vista”, incongruente con la construcción original, le daban al patio un aire más de estancia trasquilada que de ambiente colonial. Faltaban plantas y las mayólicas habían sido sustituidas por cerámicas blancas y azules que, caprichosamente distribuidas, parecían injertadas en las paredes.
Walter acababa de tomar una decisión: hablaría él primero. Intentaría explicarlo todo sin interrupciones, ordenadamente, obviando los detalles innecesarios. Debía rescatar a cualquier precio la confianza de su hija, evitar que tomara contacto con la familia de su madre. Era obvio que Mary estaba furiosa, más que nada, herida; pero tenía que convencerla, por lo menos, de que no había existido una voluntad expresa de ocultamiento, sino que las circunstancias lo habían obligado a permanecer en silencio. La amaba, era su hija y lo sería siempre. Eso no lo cambiaría nada ni nadie.
—Querido —llamó su mujer, envuelta en una robe de chambre floreada, desde la puerta de “la oficina”—, es la una de la madrugada. Dejá eso para mañana y vení a acostarte, ¿sí?
—Sí, querida.
Ya era hoy. Sábado. Pensó que hasta el lunes no podría hablar con el escribano para ponerlo en su lugar y, de paso, retirarle todos sus asuntos. Ordenó los papeles dentro de la carpeta; abrió el único cajón del escritorio que tenía cerradura y dejó la carpeta dentro, sobre una pistola 9 mm y dos cajas de balas. Eligió una llave de su llavero y cerró el cajón.

Mary había despertado casi a mediodía. Era una perfecta mañana de verano y ella continuaba de muy buen humor, así que desayunó rápidamente, puso una toalla, un libro y el bronceador en un bolsito de paja y se fue a la playa. Su sitio predilecto en La Estacada estaba ocupado, pero había muchos otros libres. Se acomodó en uno, distribuyó abundante bronceador por todo su cuerpo y se estiró dispuesta a pasar un par de horas concentrada en la lectura. Era un momento del día en el que se podía disfrutar de una relativa calma al borde del mar. Las familias ya se habían ido a almorzar y los aprensivos huían del agujero de la capa de ozono. La piel de Mary, sin embargo, no parecía sufrir los efectos nocivos de los rayos ultravioletas. Se puso boca abajo e inició la lectura.
Cuando entraba de regreso a su apartamento eran apenas pasadas las cuatro y alguien estaba dejando un mensaje en su contestador. Soltó sobre el sofá todo lo que traía y corrió para atender, pero no llegó a tiempo. Quien fuera cortó un par de segundos antes de que ella levantara el tubo. Rebobinó la cinta. Había tres mensajes, todos de Ana. Ninguno mencionaba algún asunto concreto, pero el último sonaba algo desesperado. Imaginó que había surgido alguna nota “de verano”, como le llamaban en el canal a las idioteces que difundían por docenas desde Punta del Este, y se necesitaba producción urgente.
—Aló —escuchó que decía Ana al otro lado de la línea.
Mary estaba tirada sobre su cama. Veía un pedacito de cielo celeste por su ventana y no podía evitar hablar con un tono jaranero.
—Escuchame, loquita: ¡ni por un millón de dólares vas a lograr que trabaje este fin de semana! ¿Qué pasó? ¿Algún ricachón se atragantó anoche con caviar y reventó como un cerdo? ¿Marta Felde decidió cambiar los cortinados? ¿Descubrieron una neurona en el cerebrito de Laurita Walsh? No, no; ya sé: hay que hacerle una nota a las colas de Punta del Este. “Usted quería saberlo —empezó, imitando la colocación de voz que Ana usaba ante cámaras— y este programa se lo cuenta: este año, en Punta, ¿la cola se muestra más o menos que el año pasado?”.
Mary reía, empachada de sol y aún con la sensación del agua salada sobre la piel.
—¿Hola? —preguntó Mary—. ¿Estás ahí? ¿Te enojaste? ¿Aniiitaaa?
—No seas cruel conmigo. ¿Dónde andabas? Te estuve llamando todo el día…
—Vengo llegando de la playa y no pienso ir a ningún lado, no pienso moverme.
—No es por trabajo, quedate tranquila. Veo que seguís de buen humor. Bueno, mejor, porque tengo que hablar con alguien que esté para arriba.
—Sí, yo también tengo algo para contarte. Te llamé anoche…
—Escuché tu mensaje hoy de mañana. Me hizo mucho, mucho bien.
—¡Epa! ¿Qué pasa? ¿Por qué ese tono de lamento borincano en un día como hoy? Mirá: yo me peleé con Lucas y más tarde voy a encarar a mi viejo para dejarle algunas cosas claras de una buena vez. Y, aunque te parezca extraño, me siento bien, me siento libre de muchas cosas y a punto de liberarme de otras.
—Es que… pasaron cosas… Mary: sos la única persona con la que puedo hablar.
Mary percibió que Ana estaba al borde del llanto. Se incorporó en la cama y cambió el tubo de mano.
—¿En el médico? Escucháme: voy para ahí. ¿Hola? —inquirió, alarmada.
—…No. Yo voy a tu casa; en el auto llego en quince minutos.
—Bueno. Salí ya mismo. Te espero.
—Sí. Bueno.

viernes, 26 de marzo de 2010





17


Trabajó intensa y detalladamente durante casi dos horas. Luego se dio un baño prolongado, lento. En la cocina abrió una lata de champiñones y volcó su contenido en un pequeño colador, picó bien dos fetas de jamón, calentó un chorro de crema de leche en la sartén, le agregó los hongos, el jamón, sal, algo de pimienta, unas gotas de salsa de soja y una pizca de tomillo. Después colocó el preparado en una pequeña cazuela de barro. Cortó en trocitos un par de panes de ajo y los dispuso en otro recipiente. Tomó un tenedor, un repasador limpio, una botella de agua y un vaso. Puso todo sobre una bandeja. Se cercioró de que no le faltaba nada y llevó todo al dormitorio. Lo dejó sobre la cama, encendió el televisor y sintonizó un canal de cine. Se sentó sobre el lecho y comió distraídamente. Miró dos películas y no atendió ninguno de los llamados telefónicos que recibió durante la noche ni quiso escuchar los mensajes.
Despertó a la hora habitual, relajada, dispuesta. Media hora después esperaba el ómnibus en la parada.
—Hoy será un buen día —se dijo, disfrutando el contraste entre el verde de las hojas de los plátanos y el cielo celeste.




El abrió la puerta sin dudar y la cerró tras de sí rápidamente produciendo un ruido suave, apenas perceptible. La habitación estaba casi a oscuras. Esperó un momento junto a la puerta mientras sus ojos se acostumbraban a aquella penumbra profunda. Distinguió un par de sillas junto a un pequeño tocador y se sentó en una de ellas. La cama estaba frente a él y sobre ella había una mujer desnuda, acostada boca abajo, con la pierna derecha flexionada formando un ángulo de casi 90 grados con respecto a su cadera. Sus brazos ascendían a los lados del tronco y las manos quedaban ocultas debajo de una almohada sobre la que reposaba su cabeza. Un poco más arriba de la nuca tenía un pequeño bulto que no formaba parte de su anatomía: eran los dos nudos de la tela de algodón rústico que le cubría los ojos.
El observó con deleite lo que se podía ver. Los pies pequeños y lisos, las pantorrillas bien formadas, los muslos apenas atléticos que remataban en nalgas plenas, redondas, firmemente contenidas por una cadera estrecha. Desde su posición no veía la cintura, pero sí la espalda, angosta, cuya parte superior subía y bajaba al impulso de una respiración más nerviosa que excitada. Era un cuerpo hermoso, abandonado y tenso a la vez. Sus ojos desandaron camino y se posaron con mayor atención en la sombra más oscura que producía la separación entre las nalgas y conducía a la difusa oscuridad de la entrepierna.
Se puso de pie y comenzó a quitarse lentamente la ropa. Entonces pudo ver la cintura, asombrosamente ceñida, que aportaba al conjunto una fragilidad esencial y marcaba el camino con tanta evidencia como la entrada a un desfiladero.
Cuando terminó de desnudarse vio cómo ella se movía casi imperceptiblemente, primero tensando los hombros. La onda le recorrió la espalda, le crispó las nalgas, se apoyó en las rodillas y finalmente produjo un leve movimiento descoordinado de los pies. Se detuvo a mirarla todavía un instante antes de acostarse a su lado. Lo hizo lentamente. Afirmó el codo izquierdo sobre la almohada y apoyó su cabeza sobre esa mano. Ella tuvo un reflejo defensivo que pareció querer alejarla, pero en realidad su cuerpo permaneció exactamente en el mismo lugar. El cerró los ojos, rozó suavemente con su mano derecha la cintura de aquel cuerpo exasperado, y ese primer contacto fue para ambos un chispazo eléctrico. Ella se quejó suspirando y su cuerpo se retorció curvándose en diferentes direcciones; él levantó la cabeza como buscando aire e inspiró bruscamente por la nariz. El aumentó un poco la presión y la apoyó suavemente en el mismo lugar, sintiendo en su palma los músculos tensos a los lados de la columna, la energía de ella fluyendo en torrentes hacía ese lugar. Esperó un momento, concentrado, y cuando percibió que su mano sabía qué hacer le dio autonomía. Apenas dos minutos después eran sus dos manos las que comandaban el resto de su cuerpo ciego, mudo, sometido a la voluntad cambiante del tacto, sutil como el aire que desplazan las alas de un pájaro, rotundo como un ladrillo sobre otro, escalofriante como una garra, sin compasión.
Ella sentía sus dedos y sus manos recorriéndola lentamente, tan lentamente que casi no podía distinguir con precisión en qué lugar la estaba acariciando. Algo hacía que por momentos se abandonara permitiendo que aquella brisa la surcara como si ella fuese un trigal alto y maduro, apto para la cosecha, o se tensara como la endeble estructura de una cometa al fin del hilo en el viento de primavera. Deseaba que aquellas sensaciones no terminaran nunca y, al mismo tiempo, que cesaran de inmediato. Su piel había perdido la razón y la conducía por un territorio inédito, sin miedo ni pudor, sin obstáculos ni objetivos.
De rodillas sobre la cama él dejaba que sus manos concentraran o distribuyeran la energía, la amasaba, la estiraba, la pinzaba, la liberaba en un hombro y la recuperaba en los muslos. La circulación era perfecta. Entreabrió los ojos y vio el resplandor tenue, verde agua, que comenzaba a latir a lo largo de la columna vertebral de aquel cuerpo ya completamente olvidado de sí mismo, nuevo, intocado. Lamió primero los dedos y las plantas de los pies y fue degustando hacia arriba, absorbiendo, mordiendo suavemente, demorándose en los puntos más sensibles, en los pliegues y las sombras, regresando implacablemente allí de donde ella lo había expulsado con movimientos cortos y espasmódicos. La escuchaba gemir y suspirar, le olfateaba los olores y le olía los aromas. Bebió, humedeció, se zambulló una y otra vez sin aviso, sin permiso, hasta que su lengua fue atraída, exigida, guiada por laberintos y oquedades hacia el goce repentino y estridente. Abrió entonces los ojos y vio que el resplandor ya era un finísimo y continuo arco voltaico que vibraba entre ambos cuerpos. Apoyándose en las manos se fue desplazando sobre ella conducido por la lengua que iba explorando poro a poro la luminosa columna vertebral hasta la nuca. Allí usó sus dientes, mordiendo con fuerza, al borde del dolor, mientras su sexo y el de ella se buscaban, anhelantes.
Ella había levantado la cadera, ofreciéndose, esperándolo. Recibió el mordiscón en la nuca como un ataque sorpresivo que le arrancó un quejido intenso y en ese preciso momento se sintió penetrada de un solo envión lento y profundo. El cuerpo de él se alargó sobre el de ella adoptando exactamente su misma posición, desde las manos entrelazadas debajo de la almohada hasta los pies superpuestos. Eran una sola piel, un solo cuerpo inmóvil, jadeante, recorrido por descargas de energía que producían sus sexos latiendo al unísono. Sintió que flotaba o que volaba mientras una ola de agua verde y cálida le enloquecía el cuerpo arrasándolo con potencia una, y otra, y otra vez hasta hacerle perder el sentido. No hubiese podido decir cuánto tiempo había durado aquello -segundos, minutos, horas-, si gritó, habló o lloró. Quizás había hecho todo eso o nada en absoluto. Pero sí escuchó -extenuada, al borde de la inconsciencia y aún sintiéndolo dentro- su voz cascada, susurrándole:
—Fui tuyo para siempre.
Quiso moverse cuando él se deslizó hacia un costado, pero no pudo, sus músculos no le obedecieron. Un sopor incontrolable se había adueñado de su cuerpo y lo llevaba hacia una oscuridad absoluta, sólida. Abrió los ojos cuando escuchó que la puerta se cerraba. Ya no tenía la venda.
El caminó titubeando hasta la escalera, bajó, salió a la calle y detuvo un taxi. Cuando llegó a su casa se quitó la ropa y, antes de tumbarse en la cama, se vendó los ojos con el trozo de tela de algodón rústico. Su cuerpo vibraría aún durante horas.

Despertó empapado en transpiración, con hambre y con sed. Tosió hasta la náusea mientras abría el agua de la ducha. Después comió y bebió, de pie, en la cocina. Se vistió, hizo una breve llamada telefónica, puso algo de ropa en una pequeña maleta y salió.