domingo, 7 de marzo de 2010

AVISO A LOS NAVEGANTES: ESTARÉ AUSENTE VARIOS DÍAS, PROBABLEMENTE SIN POSIBILIDADES DE CONTINUAR ESTA PUBLICACIÓN DIARIA.


12



Lo había captado mientras miraba el programa, pero quiso repetir el pasaje. Retrocedió el dvd buscando la presentación de un modisto griego en Roma. Las imágenes pasaban como el paisaje por la ventana en un tren de alta velocidad. Ahí. Play.
—...sde Roma, Agelus, un estilista griego que se abre paso firmemente en el competitivo mundo de la moda. En la última presentación de sus diseños Agelus marca con fuerza su original propuesta, plena de sutileza, tradición y sorpresa. La seda y el satin, mezclados con exuberantes encajes coloridos sabiamente dosificados, liberan un poder de sugerencia casi irresistible para cualquier mujer. Vamos a verlo.
—Nada tímida, y un poquito torpe —pensó El—, aunque es la primera vez.
Ella aceptaba, y en términos entusiastas. Volvió a mirar las imágenes y esta vez tomó nota:
­—...original propuesta, plena de sutileza, tradición y sorpresa (...) un poder de sugerencia casi irresistible para cualquier mujer. Vamos a verlo.
Tachó tradición y dudó en sutileza. Resolvió dejarla. Tachó para cualquier mujer. Leyó el resultado sonriendo.
—Bien; muy bien, querida ­—susurró mirando la imagen congelada en el televisor desde donde Ana sonreía, un gesto que revelaba todo el encanto de su rostro, de los hoyuelos apenas insinuados en las mejillas, la alegría contagiosa de sus ojos almendrados.
Era casi mediodía cuando Mary abrió un ojo y recién un rato después pudo abrir el otro. Había esperado en vano durante toda la noche anterior y parte de la madrugada que su correo electrónico registrara el ingreso de una carta. Se aburrió de esperar, se enojó, se dijo que lo que estaba haciendo no tenía el más mínimo sentido, se acusó de manipular a su amiga, fumó uno, dos porros, e invariablemente volvía a la pantalla vacía, desesperando. Hasta que el sueño la venció. La computadora había quedado encendida. Masticando con desgano una manzana repitió casi mecánicamente los gestos de la noche. Pero esta vez sí había una carta. El corazón se le hundió primero y después hizo lo mismo que cuando andaba en la moto con Lucas.


From: tragicskooky@stadland.nl
Te lo agradezco. Dudo que Agelus haya tenido alguna vez una presentación tan insinuante. Pero a él no le importará, y vos y yo sabemos que a casi nadie le interesa Agelus.
Me gusta imaginar que ahora hay un túnel entre los dos cuyos extremos son pantallas. La mía está en el lugar donde en primavera vienen a planear las gaviotas. Las he observado muchas veces, bamboleándose en el viento del sur con las alas desplegadas, tratando de permanecer inmóviles, suspendidas, hasta que un pequeño movimiento, tal vez una sola pluma desordenada, las desequilibra y el viento las barre como a hojas secas. Pero vuelven, siempre vuelven; como el viento. Vuelven porque les gusta, porque gozan.
Vivo en un lugar de esta ciudad abierta como el cielo encima de las nubes, un barrio silencioso, que se adapta al cuerpo como un colchón viejo, que te busca y reconoce como un ritmo ancestral y te devuelve un reflejo fiel porque no te aplasta. No te hace más alto, ni más bajo, más rico o más pobre, más solo o más popular. Es un barrio celeste y verde, plano como una moneda de día, de noche cálido como un árbol de Navidad.
Pero también es demasiado íntimo, demasiadas familias tolerantes afincaron por aquí. Una tolerancia mesocrática, segura, optimista, imperial. Aborrezco el optimismo, es la peor expresión de la ignorancia. Prefiero el pesimismo, la incertidumbre, el margen repleto de historias improbables, de vidas insensatas, de guerras infundadas. Respeto al francotirador más que al soldado de línea, y mucho más al inseguro que al establecido.
Pero este barrio contiene alguna gente, y eso ya es una hazaña. Esta noche la luna estuvo un rato largo distraída en un cielo azul tan oscuro que parecía negro. Ahora una bruma alta vino desde el mar. Casi todos cerraron las ventanas para descansar sin riesgos.


Hacía dos días que Ana estaba viajando, y estaría fuera aún cuatro más. Mary preparaba el programa siguiente con el piloto automático activado; la mayor parte de su energía se le iba en sofocar la ansiedad. Se maldijo por no haber previsto pedirle el código personal a su amiga para retirar el correo que le correspondiera. Ni por un momento pensó que esa idea era totalmente descabellada. Sólo sentía que era una injusticia, un desperdicio insoportable que esas cartas estuviesen durmiendo en la memoria del servidor, entreveradas con una cantidad de pavadas, de banalidades. Así que cuando pudo, como un premio consuelo, se dedicó a releer las que ya tenía. Una de sus preferidas era la del tren. Y una frase abrió un abismo a sus pies: ¿cómo “faive zausands of politicals prisioners”? ¿De qué está hablando este tipo?, se asombró Mary. Ella sabía sobre la dictadura, aunque nunca la había “visto” con sus propios ojos; aún estaba en la escuela primaria cuando volvió la democracia y en su casa jamás se había hecho mención de “eso”. Pero, ¡cinco mil prisioneros políticos! Se dio cuenta de que nunca había sabido -ni imaginado- que hubiesen sido tantos.
—Y si fueron tantos —se dijo— hay algo que no sé, que nadie me explicó, me contó.
Después pensó que él estaba inventando, que era una ficción. Tal vez se había inspirado en algún país bananero, de Centroamérica o algo así, y simplemente utilizaba historias ajenas para mezclarlas con las propias. Quizás su intención era hacer política ficción, decir que, como allá, eso es lo que pasará aquí. Sintió miedo, miedo en serio como nunca lo había sentido porque lo que él decía era que eso había sido o sería verdad. Necesitaba saberlo.

Esa misma noche Ana cenaba ostras en un barrio exclusivo de Santiago de Chile, en casa de viejos conocidos de sus padres. Gente del exilio, de México. Antes eran comunistas, pero ahora ella era sicóloga sistémica para una selectísima clientela y él uno de los cerebros de la economía nacional y empresario exitoso gracias a sus pequeñas pero oportunísimas inversiones en los países exsocialistas que le redituaban una verdadera fortuna. Comentaban sorprendida y jocosamente las dificultades que Ana y su equipo habían tenido para filmar en Valparaíso, considerado por los militares como puerto estratégico y base de parte de su Armada con instalaciones confidenciales. Era obvio -decían- que nada de eso era cierto pues todo el mundo sabe que hoy por hoy no hay secretos para los satélites, y distraídamente atribuían el celo castrense a la obnubilación propia de los militares. Ana pensaba que además -y sobre todo- era una práctica represiva a la cual ellos estaban acostumbrados, y pudo percibir el miedo instalado en la cabeza de muchos lugareños que reprimían al prójimo sin necesidad de la presencia militar: “Señorita, por favor, acá no se puede filmar. Es zona militar”; “Cuando pasemos junto a las naves militares, no las filmen. Está prohibido”, había dicho el barquero que por 150 pesos la había paseado por la bahía. Pero no dijo nada de eso. Simplemente se quedó en silencio hasta que la conversación tomó otros rumbos menos dolorosos.

La cabeza de Mary hervía con la parsimonia amenazante de la harina de maíz. Había preguntado, buscado y encontrado. Más de una decena de libros, pero ya en el primero había hallado casi todo. Era “Uruguay. Nunca más”. Lo empezó a leer con más voracidad que la habitual y del comedor a la cocina, de la cocina al dormitorio, de habitación en habitación a lo largo de todo un día fue iluminando frases con un marcador amarillo.
“Indudablemente el factor de mayor gravitación en impedir una adecuada información sobre este tema radicó en que los medios de prensa de mayor difusión no otorgaron con generosidad sus canales”.
“Si la conciencia individual es proclive a desleír paulatinamente el recuerdo de las heridas, no menos hace la conciencia social; más aún cuando existe la interesada acción de quienes buscan un olvido que contribuya a justificar los crímenes cometidos. Si prospera ese proyecto, silencioso pero activo, llegará un día en que las atrocidades de aquel tiempo serán tema de controversia y habrá que probar que realmente existieron”.
—Por eso es que no sé —pensó Mary, y avanzó furiosamente entre las letras y los párrafos.
Se enteró de que a fines de los sesenta “Uruguay vivió un rápido descaecimiento de las instituciones democráticas” cuyas “raíces” se hundían en una “crisis económica, social y, finalmente, política”. De que a partir de 1966 un tal Jorge Pacheco Areco, presidente por muerte del titular del cargo, “desconoció las limitaciones constitucionales a su competencia institucionalizando un régimen autocrático y autoritario contrario a las tradiciones nacionales”.
—Entonces la cosa venía de antes... —constató.
“El 28 de junio de 1968, al amparo de un fuerte marco represivo, el Poder Ejecutivo decreta la congelación de precios y salarios. Se suprimen por decreto los Consejos de Salarios que durante 30 años venían negociando, por sectores de producción, los convenios colectivos de los trabajadores”.
—¿Y la gente?... Ah: “una ola general de huelgas”; “un alza de precios del 130 por ciento frente a un 60 por ciento de los ingresos en 1967”.
“Las Medidas Prontas de Seguridad constituyen el marco legal de un permanente estado de ‘excepción’ que se continuará durante la presidencia de Bordaberry con el ‘estado de guerra interno’ y la suspensión de las garantías individuales. En todos los casos los institutos adoptados sobrepasaron el marco de aplicación y vigencia previsto por la Constitución”.
—¿Cómo? ¿Militarizaron a los bancarios? “... períodos semanales de instrucción militar durante los cuales no se les permitía habitar en sus hogares siendo trasladados diariamente de los cuarteles a sus lugares de trabajo”.
“En este contexto, la aparición en la escena política de las FFAA se tradujo en un despliegue de operativos armados que duraron hasta el pleno control de la sociedad por el gobierno militar en 1973”.
“El informe de la Comisión Especial Investigadora sobre las violaciones de los derechos humanos y comisión de actos de tortura a detenidos y regímenes de detención vejatorios de la dignidad humana, aprobado por la cámara de Senadores el 6 de octubre de 1970 por 14 votos en 16 expresaba: ‘Está probado que el sistema de aplicación de trato inhumano y torturas a los detenidos por la Policía de Montevideo es un hecho habitual y se ha convertido en un sistema frecuente, casi normal’”.
Mary empezaba a sentir que su ignorancia tenía culpables. ¿Cómo nadie le había dicho todo esto así, tan claramente? ¿Quién se lo ocultó y por qué? ¿Por qué ella misma no lo había averiguado?
“El rápido deterioro de los niveles de vida afectó sensiblemente a grandes sectores. Por ese motivo se ha sostenido que el surgimiento de la subversión armada no estuvo desligado de los efectos sociales de la crisis económica”.
“Vinculado a esta situación estaba el impacto que significó para los sectores medios el conculcamiento de las libertades públicas. Entendían que el Poder Ejecutivo regía al país en algo muy cercano a una dictadura disfrazada y de allí argumentaban la legitimidad de resistir violentamente sus medidas”.
“Con la declaración del Estado de Guerra Interno primero, y la aprobación de la Ley de Seguridad del Estado que extendía la justicia militar a civiles después, las Fuerzas Conjuntas contaron con los elementos idóneos para desmantelar la subversión en cuestión de pocos meses. A fin de 1972 el MLN estaba prácticamente destruido; sus intentos de reorganización fueron desbaratados”.
—Entonces, el golpe no lo dieron contra los tupas, o la subversión, como dicen —descubría Mary sin dejar de leer.
“Las FFAA, fortalecidas por su gestión, politizadas por su ingreso a la arena pública, comenzaron a actuar con creciente autonomía de los poderes del Estado y a hacer conocer sus planteamientos. El presidente Bordaberry perderá el apoyo de un importante sector de su partido a consecuencia de la presión militar que no cederá hasta hacerlo claudicar casi completamente en febrero de 1973, con el Pacto de Boisso Lanza. De allí en adelante se prepara el golpe definitivo”.
“La primera medida adoptada por el Poder Ejecutivo después del golpe de Estado fue la suspensión de toda actividad política y la sistemática eliminación de todos los partidos de izquierda y sus denominados ‘aparatos ideológicos’”.
“A partir de 1974, los diferentes sindicatos del país fueron desmantelados por etapas, según sus tendencias ideológicas y las empresas o actividades representadas. Sus líderes fueron procesados por la justicia militar acusados de ‘asistencia a la subversión’ por su mera actividad sindical”.
“Con la renuncia del presidente Bordaberry, el Consejo de Estado designó interinamente en el cargo vacante al doctor Alberto Demichelli quien ese mismo día firmó las Actas Institucionales 1 y 2 por las que se suspendían las elecciones previstas por la Constitución para noviembre de 1976, y se creaba el Consejo de la Nación. En setiembre de 1976, el Consejo de la Nación destituyó a Demichelli y de acuerdo a ‘sus facultades electorales soberanas’ designó al doctor Aparicio Méndez como Presidente de la República por un período de cinco años”.
“El Acta Institucional 4 decretó: ‘Prohíbese, por el término de 15 años el ejercicio de todas las actividades de carácter político que autoriza la Constitución de la República, con inclusión del voto”.
“El Acta Institucional 8, del 1 de julio de 1977, suprimió el Poder Judicial en tanto poder autónomo del Estado”.
“Entre los textos de propaganda de las FFAA, vale la pena citar, a vía ilustrativa, el que figuraba en la versión del texto oficial del Proyecto Constitucional publicado en todos los medios de prensa del país por la Dirección Nacional de Relaciones Públicas: ‘Basta recordar que nos querían robar a nuestros niños. Separarlos de sus padres. Inculcarles ideas extrañas a nuestra manera de ser. Querían torcer sus sentimientos y deformar sus mentes desde la más tierna infancia (...) Hoy es mañana y tenemos que salvar a nuestros niños. Para eso necesitamos una nueva Constitución’”.
Llega al plebiscito de 1981, de eso se acuerda, vagamente.
“Los votos por ‘SI’ –a favor de la nueva Constitución redactada por los militares- alcanzaron un 42,2 por ciento, y los votos por ‘NO’ un 57,8 por ciento de la población habilitada para votar”.
Mary salteó varias páginas, buscó en el índice hasta que halló lo que le interesaba: “Capítulo Detenciones”.
“La acción represiva de las FFAA se volcó sobre un grupo vasto y heterogéneo de la sociedad uruguaya; en él fueron englobados tanto los integrantes de organizaciones armadas, como ciudadanos pertenecientes a partidos e instituciones de actividad pacífica y, en ocasiones, no estrictamente política. La razón estriba en la genérica calificación de subversivos que los militares endosaron a todos los que directa o indirectamente desafiaron lo que ellas mismas denominaron su ‘proceso revolucionario’, inspirado en la Doctrina de la Seguridad Nacional”.
—Uff, tendré que averiguar qué es esa Doctrina —anotó mentalmente.
“El aniquilamiento de los grupos guerrilleros no fue más que la primera tarea, ya que luego continuó con la disolución del Parlamento, y así, con el avasallamiento del régimen de derecho y de todas las organizaciones intermedias”.
“El 20 de marzo de 1984, el coronel Silva Ledesma expresó al semanario ‘Búsqueda’ que la justicia militar había procesado a 4.933 personas”.
“Sin embargo, al grupo de enjuiciados se le debe añadir otro de considerables dimensiones que, sumados, conforman el total de la población encarcelada: son los detenidos que recobraron su libertad sin haber sido procesados.” “No obstante las dificultades para precisar el número de detenidos, se podría hacer una estimación prudente basada en atribuir 0,75 detención por cada procesamiento. De este modo se llegaría a un número de aproximadamente 3.700 detenidos más”.
—O sea, casi 9 mil personas… —calculó Mary.
“Si al grupo de procesados se le suma el de los detenidos y liberados sin procesamiento, la cifra se abulta más y da una proporción para el total de la población del país, que hizo del Uruguay la nación que tuvo el mayor número de presos políticos con relación a su población: aproximadamente 31 presos por cada 10 mil habitantes. Aunque no sea exacto, es muy cercano a la realidad”.
Leyó sobre las torturas, los desgarradores testimonios, los desaparecidos, el fascismo cotidiano, las mentiras, las mentiras, las mentiras. El hablaba en sus cartas sobre lo que había sucedido. Y en realidad, había sido mucho peor que los “faiv zausands”.
Fue en esos días cuando Mary decidió empezar a ponerle un rostro a las cartas. No quería nombre; quería historia, contexto, alma; quizás, el esbozo de una silueta. Quería la geografía del personaje que escribía. Empezó a utilizar la pizarra blanca que tenía en la cocina sobre la que anotó con un marcador azul:
*Sabe de letras y computadoras
*+ de 40/- de ¿50? ¿55?
*De izquierda
*¿Ex preso? ¿Exiliado? Europa/Estocolmo/París
*¿Dónde vive? ¿En Uruguay?
*Gaviotas/costa
*Está solo
*¿Por qué escribe?

viernes, 5 de marzo de 2010



11


Estaba sentada sobre la cama con las hojas impresas delante, en una pequeña pila. Mientras viajaba en el ómnibus las había mirado sin leerlas, tratando de descifrar cuál sería el orden cronológico de los envíos. Hasta que entendió que cada carta tenía una fecha y entonces colocó la más antigua arriba y las siguientes según las fechas de cada una. No pudo evitar ver palabras sueltas, pero las borró de su memoria: quería aguantarse hasta que nada la distrajera, y lo logró.
La cama de dos plazas, sin respaldo ni piesera, estaba habitualmente deshecha. Mary se había sentado en posición de loto, descalza. Su largo cabello negro y abundante, levemente ensortijado, le caía más abajo de los hombros. No era delgada sino maciza, de musculatura naturalmente firme, muslos fuertes, caderas plenas sin ser anchas y la escasa distancia entre su cintura y su pelvis le daban un gracioso aire informal; era de esas mujeres talladas para los jeans. Creía que había heredado los ojos negros de su madre así como el color de piel, apenas tostado, y la nariz de su padre, una nariz vasca, rotunda, piedra angular de un rostro al borde de lo exótico. Durante la pubertad y parte de la adolescencia había soñado casi obsesivamente con operársela para dejarla pequeña y respingada, deseo que nunca se atrevió a manifestar y que, todavía hoy, aunque mitigado, renacía frente al espejo en los días de bajón.
Comprobó que tenía cigarrillos y un cenicero a mano, y se zambulló. Fue avanzando lentamente en la lectura. Su mirada se regodeaba en cada palabra y la engarzaba fluidamente con la siguiente disfrutando de las imágenes y sugerencias que cada frase hacía posibles. Perdió la cuenta del tiempo y la noción del espacio. Sentía que nunca había leído algo semejante y el hecho de haber rescatado esos textos de la muerte le proporcionaba un sentimiento inequívoco de propiedad. No, nunca nada semejante: eran letras robadas a su autor y a su destinataria y resucitadas por ella, para ella. Llegó a las últimas dos cartas.


From: polygonchirp@ais.dk
Digo; el mundo se va pareciendo cada semana más que la anterior a un registro de catastro: parcelas, propiedades horizontales, padrones -¿por qué no hay matrones?-, delimitaciones, divisorias, retiros... A la gente le está pasando lo mismo. Ya sé que antes también le pasaba, pero ahora nadie -o casi nadie- cree que haya alternativa. No me estoy refiriendo específicamente a vos, ni te incluyo a priori en un lado u otro. Estoy pensando mientras escribo, simplemente. ¿Por qué pienso en esto? Porque me hace bien. Porque necesito elaborar lo que siento. Quiero entender para qué estoy tan solo.
Decía; el riesgo nunca fue una forma de vida masivamente preferida, es cierto, pero hasta hace unos años no era demasiado difícil encontrar bolsones de resistencia, de creación, de caos aparente; zonas desde donde se defendían valores brumosos e inquietantes que nada le debían a ideologías, doctrinas o mandamientos. Era algo así como la asunción de una sospecha. Se sospechaba que se podía ser más y mejor de maneras no contempladas en los catecismos, en los manuales de conducta y buenos modales, en las costumbres toleradas y bien vistas por el vecindario. Y se arriesgaba. Era la vida lo que se ponía en juego, el tiempo vital, el corazón, las huellas digitales. Éramos muchos más que ahora, creo.
O será que me tranqué, me distraje (me gustaría más decir me distraí, pero no me dejan). Quizás los que hacían eso se volvieron viejos sin mí. Antes, la dictadura todo lo peinó, lo emparejó, lo emprolijó, lo reprimió, lo atemorizó, lo desapareció. El miedo triunfó en muchos sí mismos y poquitos, muy poquitos pudieron caminar fuera de las veredas pintadas de blanco, pararse con las puntas de los pies rebasando la línea amarilla. No hay culpa, pero sería injusto no reconocer que sí hubo méritos. Una generación, tal vez y media, fue privada del riesgo. Esa que creció con las alas para abajo y las manos a la espalda. Los otros, los poquitos, sufrieron el achique del espacio de la rebelión. Resistir era hablar, leer, sintonizar la onda corta, pensar que existía la libertad y que era mejor, reírse o putear para adentro, sobrevivir ocultos. Y hacer eso fue hacer tanto que no hay mucho que se le compare.
Y redigo; después se replegó la dictadura y hubo más espacio, más riesgo, caos, creación. Pero la restauración de lo viejo mediatizó el impulso. Otra vez la misma negociación, el mismo consenso, la antigua mediocridad, el vecindario, catecismo, doctrina, táctica, posesiones, correlación, acumular. El aliento de la rebelión volvió al asma, los juanetes, el condón, el paraguas, la pecera, la tracción a sangre, carne y hueso, otra vez y siempre. Por suerte se les cayeron los muros. Entonces muchos héroes se transformaron en garrapatas y la restauración en un chiste grosero, un llanto en la tevé, una cola de arrepentidos que el mercado, aun floreciente, no dio abasto para absorber.
El mercado florece, sí, y los que vendían verdades en el templo allá regresaron cargando sus nuevas pacotillas de confesionario, las sobras de otra basura, ellos mismos. Nadie se hace cargo, sin embargo, del gasto, de los que se gastaron con fe, con buena fe. De los que se gastaron hasta el mango.
Ahora, inerte, la gente cree sinceramente estar mejor, más comunicada, más informada, más alegre.
Lo dicho; es el tiempo del catastro, del registro de los bienes, de volver a pensar en las herencias, los colegios privados, el alambrado, el sí, el caudillo, la delegación representativa, el espejo, asfalto lavado, doble vía. El tiempo, ahora, es algo que pasa a favor, silencioso como un auto japonés, rápido y egoísta como un microondas, seguro como un apartamento con portero, limpio, práctico, aséptico como un camping de hormigón. El bisturí quirofaniza la juventud. La silicona pavlovianiza el deseo. La diferencia se viste de domingo, se pone precio, se alquila, se filma. La rebeldía se terapeutiza a precio de oro. La honestidad se compra en los juzgados. La fraternidad no sube al ómnibus. Las miserias, bien, gracias, creciendo.
Nada nuevo, en fin. La Biblia junto al calefón.
Sólo que quedamos nosotros, los que por milagro sobrevivimos del lado del riesgo, la utopía y el mar abierto. Los remeros. Los tullidos remeros. Sí, aquí estaremos, remando, hasta que otro sueño poderoso, otra aventura incierta nos recoja y nos monte a sus siete velas. Entonces, recién entonces, habremos permanecido. E intentaremos recordar cómo se ayuda a convocar el viento.

From: yquorum@eprat.ru
Nadie sabe cuándo elige un lado, pero sucede. A veces es cuestión de cuna, otras de oportunidad. Pero sucede.
Alguien me mostró su prisión y se fue entre rejas. Ahora, esta misma noche, dormirá como siempre, donde siempre, con quien siempre. Quizás lo haga siendo una tea entre tantas, entre todas, imaginando palmeras y un mar índigo, o que un cielo en llamas arrasa el mundo.
No pude decirle cómo se hace para que el amor no se vuelva una cadena, una condena, un negocio, una gestión, la administración de un stock, un silo donde enmohecen las provisiones acumuladas en los buenos tiempos, los obsesionantes ruidos habituales, el olor ya inolfateable, el tacto esperado y documental, el hormigonado cable a tierra; sin esperanza, el déjà vu.
No pude decir porque no pude ser; nunca pude. Porque no pude conseguir un empleo público. Uno tranquilo, aunque no fuese de esos ñoquis. Tal vez entonces hubiese tenido una vida distinta, una mujer hacendosa y con las obviedades igualmente claras. Un casamiento familiar, humilde y emotivo, pancilleno. La casita, el esfuerzo sostenido, el mate y el prematuro silencio, la sobriedad del destino asegurado mientras pasa el tiempo, un par de hijos oportunos, el hábito de la ropa planchada, el autito para pasear por la rambla tan despacio como la vida lo permitiera, mirando, mirando sin querer ver esa otra gente endomingada, naturalmente, la puesta de sol por la espalda. Nunca pude. Porque no tuve una vida sin comentarios; esa felicidad, aunque fuese en tiempo compartido; presencia de espíritu, coraje para aceptar la intrascendencia. Sí, lo hubiese preferido. Yo usaría una remera verde y blanca, un pantalón beige y zapatos marrones, de lazo y muy bien lustrados, y ella tendría una impecable cesta de mimbre y mis hijos pequeñas y bellas bicicletas.


Despertó como si le hubiese explotado una bomba en la cabeza. Se había quedado dormida yendo y viniendo, vagando por aquellas letras, releídas en orden al principio y después saltando de una carta a la otra, de una frase a una palabra, juntando, separando, mezclando, bordando sobre seda y arpillera caprichosos dibujos, ensueños como espirales, túneles y pasadizos secretos, laberintos imposibles. Tomó el teléfono y simplemente marcó el número. Cuando del otro lado sonó por sexta vez tuvo el reflejo de mirar el reloj despertador con números rojos y luminosos que marcaba las 2:37. Quiso colgar pero en ese momento Ana atendió.
—Hola, habla Mary. Por favor, perdoname, no me había dado cuenta de la hora que es.
—¿Mary? Mmmhh... ¿Qué pasa? —respondió Ana con voz adormilada.
—No, no pasa nada, perdoname. Hablamos mañana. Chau, chau.
Colgó sin esperar respuesta y se quedó un momento mirando el teléfono como si el aparato fuese una cucaracha. Había despertado con el desesperado temor, el miedo en carne viva de que Ana fuese a tirar, esta vez definitivamente, una futura carta. Ni lo pensó; actuó como un bombero de la guardia nocturna salta dentro de sus botas cuando escucha la alarma. Quería decirle a Ana que no borrara ninguna carta antes de pasársela, pero por suerte no lo hizo, pensó; y en ese momento se dio cuenta de que había concebido un plan y decidido ejecutarlo sin poder identificar el camino consciente que la había llevado a ese punto. Sabía que era irreversible, que lo haría aún a pesar de los reproches morales que ya se estaba haciendo y al mismo tiempo relegaba al cajoncito del alma donde se guardan las picardías, grandes y chicas, todas entreveradas en una orgía libertaria y sin arrepentimiento.
Tendría que inventar alguna excusa creíble para esa torpe llamada y pensar la forma más natural de pedirle a Ana el traspaso de las cartas.
Mary casi no durmió esa noche, y en los días siguientes actuó sin contemplaciones, de modo que aún no había pasado una semana y ya había solucionado los principales obstáculos: había sacado un crédito social y comprado una computadora, ya tenía su cuenta de correo electrónico y, lo más difícil, había convencido a Ana de que le rebotara las cartas en vez de tirarlas. Usó un argumento algo extraño, pero fue el mejor de los que se le ocurrieron: esas cartas le habían dado la idea de empezar a coleccionar anónimos para después analizarlos desde el punto de vista literario.
—Pensalo ­—le había dicho a Ana mientras tomaban un cortado en la cafetería del canal—, ¿quién no ha recibido algún anónimo en su vida? Desde los billetitos con declaraciones de amor en la escuela, los más procaces del liceo, los amenazantes, los chismosos, los grafitti, que también son anónimos; no sé, hay tantos y tantos. Lo que tengo que hacer es hablar con todo el mundo y decirles que estoy coleccionando anónimos, que en vez de tirarlos o guardarlos me los cuenten.
Ana la miró con cierta mezcla de preocupación y escepticismo, pero decidió seguirle la corriente. Creyó percibir en la idea de su amiga un intento de revincularse con su vocación, con su pasión; un intento con mucho de quimérico -valoró Ana-, pero intento al fin. La conmovió, además, descubrir que Mary poseía una fuerza imaginativa capaz de concebir y creer en un proyecto que a ella le parecía tan descabellado, y sintió algo parecido al respeto, a lo que se siente ante un profeta convencido, un iluminado inofensivo, esos en quienes no se cree pero, por la dudas, se escucha de cotelete. Prometió pasarle sistemáticamente las cartas, si es que seguían llegando.
­­—No crezcas nunca, Mary —pensó, aunque dijo—: ¡¡...y bienvenida al mundo virtual de internet y el correo electrónico!!Pero Mary tenía otro objetivo más ese día; todas las presentaciones del programa que saldría al aire esa semana serían grabadas media hora más tarde y aún no había terminado el texto de introducción de la nota sobre el último desfile de un estilista griego en Roma. Era su única oportunidad si no quería dejar pasar otra semana en blanco.

miércoles, 3 de marzo de 2010



10


Ya no frecuentaba tanto el bar, prefería pasar las noches en su casa, yendo de la cama al whisky, la computadora o el video. Había tratado de poner un poco de orden en su habitat, lo que no era realmente mucho, alcanzaba con vaciar regularmente los ceniceros, amontonar los papeles en algún estante o tirarlos simplemente a la basura junto con las absurdas y corrugadas cajas térmicas en las que le entregaban las pizzas que pedía por teléfono cuando tenía hambre. Sabía que ella debería haber recibido sus cartas desde hacía por lo menos dos programas, pero no había detectado ninguna señal, mensaje, guiñada. Ella no acusaba recibo. No estaba realmente sorprendido, después de todo era predecible. Eso no significaba, sin embargo, que su decisión de continuar escribiendo se debilitara.
—Aun sin testigos —se decía— los naufragios pueden ser hermosos.

Mary abrió la puerta de su departamento haciendo girar la llave con la mano izquierda siendo que la cerradura estaba a su derecha, pero ese lado lo tenía ocupado con carpetas, revistas y una torre de papeles; trabajo hecho, trabajo por hacer, distracción. Todo eso fue lo que terminó entrando primero que ella desparramándose sobre el parquet.
—Mierda —maldijo, y empezó a recoger el desastre como quien juega a la payana. La pila resultante terminó sobre la mesa y algo en el papel que quedó encima de todo le llamó la atención. Lo tomó, y dándole vueltas en un sentido y en otro fue hasta la puerta, la cerró, recogió la cartera del piso y la lanzó sobre el sofá. Cuando estaba abriendo la ventana ya sabía que era una anotación de Ana referida a un detalle del montaje del programa que habían terminado ese día. Estaba doblado a la mitad, y en el interior había un texto impreso.
Mary tenía una relación obsesiva con la letra impresa. Cualquier cosa que estuviese en negro sobre blanco ejercía sobre ella una atracción magnética; debía leerlo y, de hecho, leía todo lo que quedaba a su alcance, inclusive en los momentos menos oportunos como una reunión de trabajo o mientras mantenía una conversación. Podía hacer las dos cosas al mismo tiempo. A menudo abandonaba la lectura al cabo de tres o cuatro párrafos, cuando se había asegurado de que se trataba de un texto sin interés, cosa que para muchos resultaba obvia sin siquiera leerlo. Ella, sin embargo, necesitaba comprobarlo. Hacía eso, por ejemplo, hasta con los folletos publicitarios, los manuales de autoayuda o los tubos de dentífrico. En esos momentos su mirada adquiría la expresión que es característica de todas las demás mujeres cuando se empeñan en apretar una espinilla o quitar una peluza normalmente invisible de un sobretodo negro.
Eso, que le sucedía desde que tenía memoria lectora, había casi determinado su destino. Al fin del liceo ingresó al Instituto de Profesores Artigas con la ilusión de terminar la carrera de docente de literatura. Fue una excelente estudiante, pero las segundas nupcias de su padre viudo, o, mejor dicho, la segunda mujer de su padre –“Diosa Culus”, la llamaba- la obligó a abandonar los estudios y buscar desesperadamente una independencia en la cual elaborar el duelo del ídolo caído, convertido en un sesentón baboso con ojos sólo para el trasero de la arpía, cierto, de por sí verdaderamente prodigioso y aún tan erecto y firme a los 45 años como para llevar a su padre de las narices. Lo definitivamente doloroso fue que él no intentara disuadirla cuando le contó que había conseguido un trabajo en la televisión y que se mudaría sola. Apenas dijo:
—¿Y la carrera, nena?
Seguramente la yegua se habría quejado muchas veces de que con ella en la casa no podía gritar a gusto mientras él se afanaba sobre, tras, dentro de sus nalgas, había pensado entonces con despecho de hija única.
Encontró un apartamentito interior, dos ambientes, en el Centro. Era un poco oscuro y chico, pero lo único que podía pagar con sus ingresos. Tenía 24 años y estaba satisfecha con lo que ya había conseguido por sí misma. Le dolía, sí, la literatura; muchos de sus compañeros de generación ya estaban trabajando como docentes, y los más lerdos de ellos a punto de terminar la carrera, pero ella se consolaba pensando que en algún momento retomaría los estudios. Sabía que su vida estaba para siempre pegoteada a las letras y que de alguna u otra forma a ellas se entregaría en cuerpo y alma. Por ahora leía, vorazmente.
Se apoyó en el borde de la ventana, casi en la penumbra y leyó el texto de un tirón.

Yo era pequeño (¿cuatro o cinco años?); aún no iba a la escuela. Tal vez hice algo mal, no sé si muy mal, o molesté más de la cuenta. Era de noche...

—Pero, ¿qué es esto? —dijo empezando a releer desde el principio mientras caminaba hasta la cocina, encendía la luz y tomaba una manzana de la cesta sobre la heladera. Cuando terminó de comer la fruta ya había hecho dos relecturas. Volteó la hoja y verificó sin ningún lugar a dudas que la letra manuscrita era de Ana. La conocía perfectamente. Se dio cuenta de que ese papel jamás debería haber llegado a sus manos. Era un error, un descuido, una obvia torpeza. Tal vez formara parte de un cuento, de una novela, o no formara parte de nada en absoluto y era un texto suelto, una confesión, un desahogo. Pero el personaje era un hombre.
—Si lo escribió ella —pensó— es una ficción. Y bastante bien escrita, por cierto.
Encendió la luz del comedor. Se sentía inquieta y no alcanzaba a darse cuenta completamente por qué. Algo de culpa, quizás, por haber invadido aunque fuese involuntariamente la intimidad de su amiga, pero sobre todo por sentir cierto placer pícaro y absolutamente solitario, parecido al que experimentaba cuando su mirada sorprendía el gesto de un hombre acariciándose los testículos, acomodándoselos, rascándoselos sin vehemencia -qué sabía ella sobre qué hacía un hombre con sus testículos en esos instantes; pero sí percibía que la mayor parte de las veces el gesto era involuntario-, o cuando en algunas madrugadas escuchaba subir por el pozo de aire del edificio aquella carcajada larga de una mujer que imaginaba plena, madre y bien amada cuyas fantasías sexuales estaban siendo satisfechas en ese preciso momento por un esposo desburocratizado.
También la inquietaba la posibilidad de que ese texto hubiese sido escrito por Ana. Porque, entonces, ¿para qué necesitaba que le revisaran y corrigieran sus monólogos ante cámaras? Alguien que puede expresarse así es autosuficiente en la televisión nacional. Decidió buscar rápidamente el momento propicio para salir de dudas. Ana era no solamente su compañera de trabajo, también su amiga, y sentía la confianza suficiente para tocar el tema abiertamente. Dobló la hoja de papel y la guardó cuidadosamente en su cartera con la vaga intuición de que, sin querer, había descubierto algo insólito, algo que todavía no sabía qué era y por lo tanto redoblaba su interés.

La ocasión no demoró en presentarse. Dos días más tarde ambas estaban en el apartamento de Ana después de una extenuante jornada de trabajo. Ana había servido dos copas de vino blanco helado, había puesto la de Mary sobre la mesa ratona, se había descalzado e iniciaba su ritual relajante. Mary se había sentado frente a ella, en el piso y recostada al sofá. Bebió un poco de vino y esperó a que el silencio creciera hasta el punto justo, entonces dijo:
—No sabía que escribías… tan bien...
—¿Yo? ¿Escribir? ¿De qué estás hablando?
—En realidad, te debo una disculpa —empezó Mary mientras manoteaba la cartera y sacaba de allí la hoja doblada al medio—; lo leí automáticamente, sin pensar en nada. Después me di cuenta de que me diste esta hoja por descuido.
Ana se incorporó en el sillón abriendo las piernas, dejó la copa sobre la mesa y tomó el papel que le tendía Mary. Miró las anotaciones manuscritas sin entender de qué se trataba todo eso.
—Adentro —indicó Mary.
Ana desplegó la hoja y apenas había empezado a leer el texto impreso cuando largó una risotada.
—¿En serio creíste que esto lo escribí yo? Mary, Mary: ¡cuánta imaginación tenés! Primero, sabés bien que si puedo no escribo ni mi nombre, y segundo, jamás se me ocurriría escribir estas estupideces.
—A mí no me parece ninguna estupidez.
—Bueno, como sea, no vamos a discutir por eso. ¿Sabés qué es esto?
—No, ni idea.
—Prometeme que no se lo vas a contar a nadie. No sé por qué, pero es una situación que me avergüenza un poco.
—No, dale, me estás matando con el suspenso —reclamó Mary acomodándose mejor sobre la alfombra.
—Es un anónimo que recibí por correo electrónico.
—No te puedo creer —dijo Mary ahogándose en curiosidad.
—Es un tipo que me manda cartas, no sé, dos o tres por semana. Un hacker.
—¿Un qué?
—Uno de esos locos de las computadoras que entran en cualquier lado, descifran las contraseñas y esas cosas. Esa es la segunda. En la primera aclaraba que estaba robando cuentas de otros para escribirme y que nunca sabré quién es.
—Es increíble—. Mary estaba cada vez más interesada y no intentaba disimularlo. —Te conoce de la tele, claro. Y ¿de qué te escribe?
—No sé de qué me escribe porque a partir de ésta decidí que no iba a entrar en su jueguito. Si no puedo impedir que me escriba, por lo menos puedo no leer. Cada vez que me llega una carta de procedencia desconocida, la borro, y asunto arreglado.
—Noooo —casi gritó Mary—. ¿Las borras sin leerlas? ¿Estás loca?
Sentía que su amiga estaba cometiendo un verdadero sacrilegio, un pecado imperdonable. Quién sabe qué maravillas se estarían licuando entre los microchips y circuitos integrados de la bobalicona máquina. Letras, frases, párrafos, cartas enteras que se perdían para siempre sin que ninguna mirada, por lo menos distraída, hasta indiferente, las resucitara.
Ana pareció desinteresarse del tema. Se levantó y mientras iba hacia la cocina dijo algo así como: ¡Por favor! o ¡Haceme el favor! Mary la siguió y volvió tras ella que traía la botella de vino.
-No puedo entender que las tires sin leerlas. ¡Si no sabés qué dicen! ¿Estás segura de que las tiraste todas?
Y sin esperar la respuesta, compulsivamente, Mary se acercó a la computadora y se detuvo justo en el momento en el que iba a encenderla.
—¿Puedo? —rogó.
—La que está completamente loca sos vos —dijo Ana encendiendo la máquina—, pero por eso sos mi amiga.
Abrió el programa de correo electrónico mientras repetía, como un salmo:
—Las tiré, las borré, las desaparecí, no están más, se fueron...
—¿Y adónde van cuando las tirás? –preguntó Mary ya obsedida.
—A la mierda van, no sé, ahí, a la papelera.
Llevó el ratón hasta el ítem correspondiente y presionó el botón. Delante de los cuatro asombrados ojos se abrió una larguísima planilla de mensajes tirados a la papelera, pero no definitivamente borrados. Ahí, junto a decenas de otros correos desechados, estaban las cuatro del corresponsal anónimo. Ana entonces recordó que cuando le instalaron ese programa de correo electrónico el temor de principiante le había hecho optar por no configurar el vaciado automático de la papelera. Ana emitió un leve quejido, como si se hubiese llevado un pequeño susto.
—¿Qué pasa? —preguntó Mary.
—Están ahí —respondió mientras señalaba la pantalla como si fuese una serpiente.
—¿Cómo que están ahí?
Ana explicó lo que había sucedido y se apresuró a eliminar definitivamente esas cartas de su computadora.
—¡Pará! —ordenó Mary inmovilizando con la suya la mano con que Ana manipulaba el ratón—. Si las vas a tirar… no te importará que yo las lea.
Ana fue retirando lentamente la mano prensada por su amiga mientras la miraba desconcertada.
—Ya sé que no son cartas para mí —dijo Mary intentando explicar lo que ella misma no entendía—, pero vos las vas a tirar, y son anónimas. No puedo hacer ningún mal leyéndolas.
Ana no lograba cerrar la boca. Conocía la atracción que ejercía sobre Mary cualquier texto, la había padecido en carne propia en cada una de las reuniones que mantenían, y hasta había quien se mofaba de la irrefrenable voracidad de Mary que, sin que ella lo supiera, le había granjeado un mote: “Leecter”. A Ana, en el fondo, le resultaba algo simpático, una especie de fijación que asociaba con la etapa más investigativa de la infancia en la cual los niños rompen todo lo que queda a su alcance para descubrir qué hay dentro de todas esas maravillas que entre sus manos se transforman en cosas más pequeñas en un abrir y cerrar de ojos. Esto de ahora, sin embargo, le parecía un extremo algo desagradable, fuera de lugar; era desesperación. Contemplando la expresión entre implorante y avergonzada de Mary comprendió que no se trataba de curiosidad malsana.
—Después de todo —se dijo—, tal vez esas malditas cartas hayan encontrado un mejor destino.
Mary estuvo veinte minutos imprimiendo las cartas anónimas con la misma ansiedad y alegría que hubiese sentido Ana si un príncipe europeo la hubiese invitado a una soirée en la Opera de la Bastilla con posterior cena en La Tour D`Argent y sobremesa en la suite real del Hotel Ritz, champagne Veuve Clicquot rosado incluido.
—Esta chica está loca —pensaba Ana mirándola afanarse en la computadora, mientras la tercera copa de vino blanco provocaba que observara la escena con indisimulado buen humor.
Con las cartas impresas en su cartera, Mary se fue casi tan rápido como un ladrón descubierto in fraganti. Ana la despidió gritándole:
—Loca; loca de atar.Continuaba riendo aun después de que Mary desapareciera tras las puertas del ascensor. Luego fue hasta la computadora y se dispuso a vaciar la famosa papelera.

lunes, 1 de marzo de 2010




9


Era tarde y estaba un poco mareada por un leve exceso de vino mezclado con un par de porros compartidos con Mary que se había marchado y ya estaría metida “en el freezer”, como llamaba a su cama cuando estaba sola. Acababa de terminar de leer la segunda carta de su oculto corresponsal y no le interesaba saber por qué lloraba de esa forma abundante, liberadora y mansa. Sí. No. Lloraba su araña. Tal vez, se dijo, todos tenemos una pequeña, paciente, esperanzada araña en el lugar más ingenuo del corazón. Se durmió un rato más tarde, sin taparse y con un pañuelo de papel en la mano derecha. Pasarían varios días antes de que abriera nuevamente el correo electrónico.

Sabía que el programa de esa semana no le sería de ninguna utilidad, pero igual lo copió. La veía tan hermosa, saltando de Los Angeles, California -después de hacerle una nota verdaderamente pelmaza a un arquitecto argentino que no encontró nada mejor para cerrar su entrevista que decir: “I love this country", como si el eslogan de la NBA fuese la fosa más profunda en el océano de su pensamiento-, a la Scala de Milán para mostrar los pasillos, las plaquetas que recuerdan a los grandes y las enormes que pasaron por ellos, los in-cre-íbles guardarropas y otras informaciones tan inútiles como afligentes. Decidió que ya era tiempo de bajar las cartas ineludibles, y si no lo era debía serlo. Tiempo, ya no había. Efecto pendiente. La aceleración creciente que empieza siendo deslizamiento, después llega el viento en la cara, luego la embriaguez de la libertad, casi el vuelo, el terror y el final. Dijo:
—Ahora, no me falles.
Y escribió:

Te ofrezco los restos de un naufragio. No es un privilegio sino un destino. Es mi meta, no la tuya. Si abriste esta carta es porque ya no dirás que no. No es un juego pero hay reglas. Soy la historia y vos el arca. No podrás saber quién te escribe; me ocultaré detrás de cuentas ajenas, inexpugnables. Si intentás averiguar quién soy lo sabré, y me iré para siempre. No es justo, dirás. No se trata de justicia, ni de equidad. Podés tirarme a la basura y yo no lo sabré. Iré, de todas formas, hasta el fin de la historia.
Podrás comunicarte conmigo por medio de tu programa en el canal 6. A partir de esta semana los grabaré todos y buscaré tus señales, tus mensajes cifrados que sólo yo podré entender. Talento te sobra. ¿Tenés aún curiosidad? No habrá grosería, intimidación o falta de respeto. Todo lo demás está asegurado. Te escribiré probablemente cada día para que quede contigo lo que haya arrojado el mar. Nunca, nunca nos veremos. ¿Que podrían decir los ojos que no puedan las palabras, los gestos, los silencios? Por ejemplo:
Me salió del alma como un eructo sale de algún lado sin semáforo. Y cayó igualmente mal.
Era un viaje férreo entre París y Estocolmo. Víspera de Nochebuena. Como siempre, como a todos lados donde alguien o algo me marca un horario, había llegado demasiado temprano a la estación. Subí al tren, busqué un compartimento vacío y me acomodé junto a la ventanilla. Genial, pensé, sólo debo poner mi mejor cara de antisocial ladrón violador para que nadie me rompa los huevos en las próximas doce horas.
En segunda clase los asientos no se hacían camas. Esos eran más caros. Apenas era posible retirarlos unos 40 centímetros hacia el pasillo central del camarote de modo que, con mentalidad deportiva, daba para dormir como en un sofá duro y tapizado en una cuerina verde oscuro. Estuve alerta a cada sombra que pasaba por el pasillo exterior y coloqué siempre mi mirada repugnante. Hay que ver que mi apariencia ayudaba bastante: pelo por debajo de los hombros, ropa exótica y gastada y cigarro permanentemente encendido. El plan funcionó perfectamente. O casi, porque un minuto antes de que el tren saliera de la estación apareció una muchacha joven, de mi edad, unos 21 años, de cabello largo y negro, a quien toda la escenografía pareció atraerla en lugar de espantarla. Se largó de cabeza al compartimento diciendo cosas que no entendí mientras disponía sus varios bultos en los portamaletas encima de los asientos. Cuando acabó la invasión, se sentó frente a mí y hablando en inglés intentó establecer una conversación que supuse casual. Le dije que sólo hablaba litel inglish, pero pareció no importarle, porque continuó diciendo cosas a una velocidad de descarrilamiento. Hasta que el tren partió y el sucundún la fue calmando.
Yo no tenía ganas de hablar en inglés, así que le pregunté si hablaba francés. Sí, pero sólo un peti pe. Como yo. Y ahí nos cohibimos mutuamente y se calló, creí, definitivamente.
De pronto se levantó y se fue. Yo aproveché y apagué la luz, pensando que cuando regresara la oscuridad la haría callarse más aún y yo podría pensar en mis divagues preferidos, concentrarme en cómo sorprendería allá, en la nieve, a la que no me esperaba. Pero 20 minutos después se abrió la puerta, se encendió la luz y apareció la morocha con dos pibes rubios, estúpidos y con cervezas en las manos.
Volvimos al inglés. Ellos eran yanquis y estaban viniendo de algún lado e iban a otro lado. Se reían. Eran contentos. Se pusieron a hablar entre ellos y cada tanto ella me hacía preguntas que, cuando entendía, fingía no entender. Yo miraba a los pibes y me iba calentando: no tenían la más mínima idea ni sensación de responsabilidad de lo que pasaba en mi país con la complicidad del gobierno que ellos habrían elegido o no, pero que era el que les permitía andar viajando por ahí, tomando cerveza e ignorando el mundo. Me puse realmente de malhumor.
Ella tenía ojos verdes y tomaba de la cerveza que ellos le habían convidado y yo había rechazado, educadamente. Paveando, paveando, llegaron a la Navidad y entre risas y ahhh... ohhhh... ehhh... se dijeron lo que cada uno quería recibir de regalo en Nochebuena y sabían que jamás sucedería. Como diez veces antes, ella quiso incluirme en la bobada, quizás esperando que yo le diría, como antes: ai dont anderstán, sorri. Pero me salió del alma:
—Ai guont fridam for ol political prisioners in mai cantri.
Los boludos demoraron más que ella en dejar de reírse. La morocha preguntó:
—¿Juat cantri?
—Iúrugüei —le dije—; in sauz américa. Der ar faiv zausands of pipol in yeil dis crismas bicos de iunaited esteits jelped de militars of mai cantri. Iu dident nou dat? And in ol de cantris in latinoamerica is de seim stori. Ai guont fridam for ol dem in dis crismas.
Pocos minutos después se habían ido todos al camarote de al lado y pudieron seguir riendo un rato. Ella volvió cuando ya habíamos pasado la frontera con Alemania y había visto que los policías germanos se habían asustado con mi pasaporte de refugiado, habían subido a un guardia con un pastor alemán sujetado por una cadena que se apostó en la puerta del camarote mientras los otros rubios nazis de la socialdemocracia se llevaban mi documento para, supongo, consultar con la computadora universal si debían fusilarme en el acto o hacerme el favor de dejarme atravesar su asqueroso país arriba de un tren francés con destino a escandinavia. No encendió la luz y se acostó en el asiento de enfrente. Yo quería dormir, pero no podía. De pronto entreabrí los ojos y vi su mano extendida hacia mí, suelta e inmóvil en el aire negro, casi tocando mi asientocama. Solté la mía y nos quedamos un rato así, tomados de la mano en el tren nocturno a Estocolmo. Después nos separamos y me dormí. Se bajó en Copenague. Antes sonrió, bella, triste y lejana.

—No hay nada que temer —se decía sentada desde hacía un buen rato delante de la pantalla de la computadora—. Nada. No puede hacerme nada; sólo asustarme, o entristecerme. Y de repente hasta puede alegrarme.
Se había despertado muy temprano tras un sueño agitado, por culpa del incendio. Había visto todo desde su balcón: esos brazos apuntando al cielo, los bomberos, las sirenas, las escaleras extensibles, uno, dos helicópteros. Y la caída. Esa mujer que se tiró desde el duodécimo piso como quien se deja caer de la cama, ya muerta de miedo, sin alma ni para gritar mientras pasaba piso a piso delante de las ventanas de sus vecinos. Por un momento le pareció encontrar sus ojos que vio enormes y vidriosos, tan inexpresivos como los de un monigote y ¡soc...!
Nadie gritó, por varios segundos nadie se movió. Ella tampoco; se quedó un largo rato así, mirando el asfalto con la boca abierta y las manos aferradas a la baranda. Aún tenía el olor de aquel humo gris y espeso impregnado en su nariz.
—Este jueguito no es para mí —dijo en voz alta como si alguien la pudiese escuchar, y sin siquiera leerlos borró uno a uno los tres mensajes electrónicos que procedían de su corresponsal anónimo, tan fáciles de identificar en su bandeja de entrada como una mosca en el flan. Decidió que haría lo mismo con todos los demás que llegasen confiando en que algún día no los recibiría más.

sábado, 27 de febrero de 2010




8


Varias horas después, encandilado por el sol del mediodía, vio el automóvil casi partido en dos, la columna de hormigón talada de un golpe, la sangre seca en todas partes, las moscas. Se dijo que allí había estado la muerte y que nada podría haber hecho. De todas formas, nadie esperaba que él o cualquiera hiciesen algo. Encendió un cigarro y se sentó a la sombra del amasijo, en el cordón de la vereda. No supo si con morbo o pereza. Todos los domingueros que acertaban a pasar por aquella calle absurda se sentían atraídos por el espectáculo, pero sólo unos pocos le hablaron. ¿Qué pasó? ¿Sabe cómo fue? ¿Quién venía dentro del coche? ¡Qué barbaridad! Empezó diciendo que no sabía nada, pero a partir del tercer interesado, sin premeditación, comenzó a mentir.
—Sí, era una pareja. Venía manejando él, parece que bastante borracho. Ella era la chica de la televisión que tiene ese programa de los ricos y famosos del canal 6… sí, Ana no sé qué… pobre… no, ella se salvó, pero estaba muy mal. El que la quedó fue el tipo… Ah, un desastre, no me haga acordar… sí, yo bajé enseguida y me di cuenta de que él había muerto, estaba deshecho. Pero ella no tenía nada de sangre y la cara estaba intacta, así que la saqué del auto y como no se movía le hice respiración artificial… fue increíble… estaba como dormida, y de repente tosió y empezó a respirar, pero mal, con una especie de ronquido… claro… por suerte llegó la ambulancia y se la llevaron enseguida. El médico me dijo que probablemente tuviese alguna costilla fracturada que le había perforado un pulmón o algo así… bueno, sí, si no llego enseguida de repente la quedaba ella también… no, no me debe nada… la vida no se le debe a nadie… lo único que se debe a alguien es la muerte…

Contó la historia varias veces con algunos cambios aquí y allá, pero ella siempre estaba exteriormente intacta y, también siempre, él le devolvía la vida. Después se fue caminando. Quería ir a la escollera y sentarse sobre el muro de la rambla a mirar a los pescadores, sus delgados hilos de nailon tensos, sumergidos, conectándolos con otro universo del que, secretamente, esperan algo extraordinario que nunca llegará, aunque el balde esté lleno. No quería siquiera exponerse a la tentación, así que dio un amplio rodeo para evitar pasar cerca del edificio donde ella vivía, según la guía telefónica.


No sabía que era una dirección antigua. Hacía ocho meses que se había mudado, en el mismo barrio, pero lo suficientemente lejos de aquel apartamento como para no cruzarse con su ex en el super. Le gustaba elegir ella misma sus alimentos, pero ahora lo hacía raramente. Nunca tenía tiempo, aunque sospechaba que esa carencia era más una sensación que una realidad. En todo caso, la empleada las hacía ateniéndose casi estrictamente a la lista que Ana confeccionaba dos veces por semana. Casi, porque Karen no aceptaba alimentarse sólo con vegetales, frutas, lácteos y cereales a pesar del proselitismo que le infligía su patrona. Karen almorzaba allí, y siempre tenía en el refrigerador y para su estricto consumo personal algún trozo de “animal muerto", como calificaba su etérea empleadora a cualquier tipo de carne. Sólo había cedido en una cosa: jamás hacer frituras: Ana odiaba ese olor y lo detectaba a pesar de extractores y ventanas abiertas durante todo el día sin equivocarse jamás. Después de la segunda vez que “la señorita” descubrió que se había hecho un churrasquito decidió respetar el acuerdo: la carne hervida o al horno.
Pensaba que hacía una buena obra; si había fracasado en convencerla de no comer carne por lo menos evitaba que tragara todas aquellas toxinas del aceite quemado. Con su ex lo había logrado. Pero él era mucho más maleable que Karen. En realidad había resultado demasiado maleable. Ahora, sentada en su terraza mientras acompañaba la puesta del sol allá, sobre la escollera, se preguntaba cómo había permitido aquellas cosas, tantas injerencias, interferencias, órdenes apenas disfrazadas de sugerencias que su suegra se había empeñado en darle durante dos años. ¿Fue quizás deslumbrada, intimidada por la opulencia? ¿La acobardó el riesgo de echar a perder lo que todas querían? Porque él no sólo era rico, también bello y sensible, y bastante inteligente. Pero ella no supo arrancarle más amor que miedo su madre. Los últimos seis meses habían sido una batalla campal hasta aquella escena liberadora en la embajada suiza. Sí, aquello de llamar a un mozo, tomar un vaso con jugo de tomate y tirárselo encima a la vieja había sido terriblemente teatral y de mal gusto, pero tenía que suceder algo así. El recién llegó al apartamento que compartían -regalo de la “mamá" para “los tortolitos"- al día siguiente y con cara de perro en cancha de bochas, sin saber de dónde vendría el próximo bochazo y buscando la salida más cercana. El había elegido otra vez a su mamá. La sacó de la embajada y la llevó a la casa, la consoló y se quedó a dormir en su antigua habitación de adolescente “por si le daba algo durante la noche. Estaba tan contrariada, tan avergonzada que no quise dejarla sola en aquel caserón”.
No dijo una sola palabra. Sintió que ya se había rebajado mucho más que lo admisible. Se fue con lo puesto. Dos días después ya había alquilado este apartamento donde recibió las maletas con sus cosas que él o su suegra habían reunido y embalado primorosamente.
Ya nadie recordaba aquel escandalete. Ella misma lo había prácticamente olvidado. Sólo a veces, cuando veía pasar por la rambla a esas mujeres aún jóvenes al volante de sus autos nuevos y algo descuidados, sus hijos pequeños y rubios jugando con el cocker en el asiento trasero, experimentaba un leve sentimiento de pérdida que se disipaba muy rápido cuando imaginaba que ellas tenían suegras ricas sin un vestido manchado con jugo de tomate.


De regreso a su apartamento, Ana fue hasta la terraza y se estiró sobre una chaise-longue para disfrutar lo que quedaba de sol. Había pasado el domingo con sus padres. Los quería y se sentía muy bien con ellos, siempre que le dieran la suficiente distancia como para extrañarlos un poco. En aquella cómoda casita de Malvín se respiraba una sobria dignidad. No vivían en forma austera, pero tampoco muy holgada. Ambos habían recuperado sus cargos docentes en la Universidad al regresar del exilio, en México. El estaba ahora en Ciencias Políticas y ella en Ciencias de la Educación, grados cinco.
Mientras miraba cómo el sol llegaba hasta el horizonte recordaba el apenas velado reproche que su padre le había hecho ese día, mientras su madre servía el postre a la sombra del jazmín.
—Ahora sos famosa, lo que seguramente tiene aspectos positivos y agradables, pero estoy seguro de que harás cosas aún mucho más importantes.
Detrás había algo así como: “Estás preparada para hacer algo más digno, sustancioso, trascendente, que un programucho de televisión frívolo y amplificador de la ideología dominante”. Pero jamás se lo diría de esa forma. Por evitar una discusión estéril, sí, y también por respeto.
Ellos nunca le habían impuesto un camino, una opción, y se lo habían tolerado todo. Tal vez demasiado.
El mundo había cambiado mucho desde que ellos habían elegido una dirección, una posición, una escala de valores, y ahora era demasiado tarde para abandonarlas.
—Yo no abandoné nada porque nunca tuve nada. Vivo al día, como toda mi generación —se decía Ana, con la sensación cada vez más cicatrizada de que era una mentira básica.
Sonó el teléfono. Levantó el inalámbrico que había dejado a su lado, sobre las baldosas de cerámica.
—¿Aló? —nunca había querido adoptar el “hola” local que le parecía inadecuado para responder el teléfono, aunque no sabía por qué.
—Ay, gracias a Dios. ¿Sos vos? —la voz de Mary parecía a punto de quebrarse.
—No, soy mi fantasma.
—No jodas con eso, por favor. ¡Qué alivio! —dijo como suspirando—. Yo sabía que no podía ser.
—Pero, ¿qué te pasa? ¿Te pasó algo?
—No, no sabés… Te dejé dos mensajes en el contestador. Hace horas que te estoy llamando.
—Estuve en casa de los viejos y aún no escuché los mensajes. ¿Qué pasa? —preguntó usando el tono imperativo que sabía tenía efecto con Mary.
—Pasa, pasa que todo el mundo acá en el canal te está buscando, eso pasa. No sé, se corrió la bola de que habías tenido un accidente, anoche, de que ibas en un auto que se hizo pelota contra una columna y que estabas internada gravísima. Eso pasa.
—¡¡¡¿Qué?!!! —se incorporó y comenzó a caminar lentamente por la terraza—. Pero... ¡¿Quién dijo eso?! ¡¿Quién?!
—No lo sé. No sé quién fue, pero se corrió por el canal. Yo justo pasé por acá a buscar una cinta que quería ver esta noche y Gabriel me preguntó si era cierto lo de tu accidente. Te imaginás, me puse como loca. Y no quería llamar a tus padres. ¿Qué les iba a decir? Hasta llamamos a las mutualistas, pero como en varias nos dijeron que no daban información por teléfono...
—¡Por favor! ¡Qué historia más macabra! Pero, ¿cómo lo creyeron?
—No lo creímos, pero como el accidente existió, ¿entendés?, y Gabriel y Fernando lo habían cubierto para el flash de las 19 y la Policía no tenía las identidades de las víctimas, ¿qué sé yo?, no sé, se corrió. Bueno, menos mal que fue una confusión.
—Es increíble—. Miró hacia la escollera. El sol ya no estaba y el cielo era ocre y naranja. —Bueno, al final parece cómico. Decíle a todo el mundo que estoy vivita y coleando. Que no se hagan ilusiones.
—Eso, además, como anoche no te encontré en tu casa, de repente pensé que habías salido con alguien. No sé, fue todo muy raro.
—Bueno, basta. Dale, veníte para casa y nos tomamos una copita de vino. Para festejar.
—Te quiero. Voy volando.
—¿Sería ése uno de los precios de su reciente fama? —se preguntó Ana mientras iba hasta el baño y abría la ducha. Recién cuando estuvo debajo del agua recordó la carta del día anterior. No había pensado en ella en todo el día ni sabía por qué lo hacía ahora.
Encendió la computadora y se dirigió a su casilla electrónica mientras se secaba el cabello negro con una toalla blanca y gruesa. Levantó la impresión de la primera carta y la miró sin leerla, pensando: ¿otro accidente?
“You have new mail”, le dijo su computadora. Otra vez un login desconocido. Doble clic. Allí estaba nuevamente el corresponsal anónimo. Empezó a leer.

From: craighann@korea.com
Yo era pequeño (¿cuatro o cinco años?); aún no iba a la escuela. Tal vez hice algo mal, no sé si muy mal, o molesté más de la cuenta. Era de noche. Mi padre...

Sonó el timbre de abajo. Mary. Corrió hasta el portero eléctrico y le abrió. Ana regresó casi automáticamente hasta la pantalla y siguió leyendo hasta que sonó el timbre de arriba. Iba a levantarse para abrir cuando la paralizó un impulso que después le resultaría insólito: cerró la carta y apagó la computadora. El timbre sonó por segunda vez cuando terminaba de guardar en un cajón de su escritorio la hoja donde estaba impresa la primera carta.
—Hola. Estaba en la ducha, —dijo abriendo la puerta con la toalla sobre la cabeza.

miércoles, 24 de febrero de 2010



7



Varias horas después, encandilado por el sol del mediodía, vio el automóvil casi partido en dos, la columna de hormigón talada de un golpe, la sangre seca en todas partes, las moscas. Se dijo que allí había estado la muerte y que nada podría haber hecho. De todas formas, nadie esperaba que él o cualquiera hiciesen algo. Encendió un cigarro y se sentó a la sombra del amasijo, en el cordón de la vereda. No supo si con morbo o pereza. Todos los domingueros que acertaban a pasar por aquella calle absurda se sentían atraídos por el espectáculo, pero sólo unos pocos le hablaron. ¿Qué pasó? ¿Sabe cómo fue? ¿Quién venía dentro del coche? ¡Qué barbaridad! Empezó diciendo que no sabía nada, pero a partir del tercer interesado, sin premeditación, comenzó a mentir.
—Sí, era una pareja. Venía manejando él, parece que bastante borracho. Ella era la chica de la televisión que tiene ese programa de los ricos y famosos del canal 6… sí, Ana no sé qué… pobre… no, ella se salvó, pero estaba muy mal. El que la quedó fue el tipo… Ah, un desastre, no me haga acordar… sí, yo bajé enseguida y me di cuenta de que él había muerto, estaba deshecho. Pero ella no tenía nada de sangre y la cara estaba intacta, así que la saqué del auto y como no se movía le hice respiración artificial… fue increíble… estaba como dormida, y de repente tosió y empezó a respirar, pero mal, con una especie de ronquido… claro… por suerte llegó la ambulancia y se la llevaron enseguida. El médico me dijo que probablemente tuviese alguna costilla fracturada que le había perforado un pulmón o algo así… bueno, sí, si no llego enseguida de repente la quedaba ella también… no, no me debe nada… la vida no se le debe a nadie… lo único que se debe a alguien es la muerte…

Contó la historia varias veces con algunos cambios aquí y allá, pero ella siempre estaba exteriormente intacta y, también siempre, él le devolvía la vida. Después se fue caminando. Quería ir a la escollera y sentarse sobre el muro de la rambla a mirar a los pescadores, sus delgados hilos de nailon tensos, sumergidos, conectándolos con otro universo del que, secretamente, esperan algo extraordinario que nunca llegará, aunque el balde esté lleno. No quería siquiera exponerse a la tentación, así que dio un amplio rodeo para evitar pasar cerca del edificio donde ella vivía, según la guía telefónica.
No sabía que era una dirección antigua. Hacía ocho meses que se había mudado, en el mismo barrio, pero lo suficientemente lejos de aquel apartamento como para no cruzarse con su ex en el super. Le gustaba elegir ella misma sus alimentos, pero ahora lo hacía raramente. Nunca tenía tiempo, aunque sospechaba que esa carencia era más una sensación que una realidad. En todo caso, la empleada las hacía ateniéndose casi estrictamente a la lista que Ana confeccionaba dos veces por semana. Casi, porque Karen no aceptaba alimentarse sólo con vegetales, frutas, lácteos y cereales a pesar del proselitismo que le infligía su patrona. Karen almorzaba allí, y siempre tenía en el refrigerador y para su estricto consumo personal algún trozo de “animal muerto", como calificaba su etérea empleadora a cualquier tipo de carne. Sólo había cedido en una cosa: jamás hacer frituras: Ana odiaba ese olor y lo detectaba a pesar de extractores y ventanas abiertas durante todo el día sin equivocarse jamás. Después de la segunda vez que “la señorita” descubrió que se había hecho un churrasquito decidió respetar el acuerdo: la carne hervida o al horno.
Pensaba que hacía una buena obra; si había fracasado en convencerla de no comer carne por lo menos evitaba que tragara todas aquellas toxinas del aceite quemado. Con su ex lo había logrado. Pero él era mucho más maleable que Karen. En realidad había resultado demasiado maleable. Ahora, sentada en su terraza mientras acompañaba la puesta del sol allá, sobre la escollera, se preguntaba cómo había permitido aquellas cosas, tantas injerencias, interferencias, órdenes apenas disfrazadas de sugerencias que su suegra se había empeñado en darle durante dos años. ¿Fue quizás deslumbrada, intimidada por la opulencia? ¿La acobardó el riesgo de echar a perder lo que todas querían? Porque él no sólo era rico, también bello y sensible, y bastante inteligente. Pero ella no supo arrancarle más amor que miedo su madre. Los últimos seis meses habían sido una batalla campal hasta aquella escena liberadora en la embajada suiza. Sí, aquello de llamar a un mozo, tomar un vaso con jugo de tomate y tirárselo encima a la vieja había sido terriblemente teatral y de mal gusto, pero tenía que suceder algo así. El recién llegó al apartamento que compartían -regalo de la “mamá" para “los tortolitos"- al día siguiente y con cara de perro en cancha de bochas, sin saber de dónde vendría el próximo bochazo y buscando la salida más cercana. El había elegido otra vez a su mamá. La sacó de la embajada y la llevó a la casa, la consoló y se quedó a dormir en su antigua habitación de adolescente “por si le daba algo durante la noche. Estaba tan contrariada, tan avergonzada que no quise dejarla sola en aquel caserón”.
No dijo una sola palabra. Sintió que ya se había rebajado mucho más que lo admisible. Se fue con lo puesto. Dos días después ya había alquilado este apartamento donde recibió las maletas con sus cosas que él o su suegra habían reunido y embalado primorosamente.
Ya nadie recordaba aquel escandalete. Ella misma lo había prácticamente olvidado. Sólo a veces, cuando veía pasar por la rambla a esas mujeres aún jóvenes al volante de sus autos nuevos y algo descuidados, sus hijos pequeños y rubios jugando con el cocker en el asiento trasero, experimentaba un leve sentimiento de pérdida que se disipaba muy rápido cuando imaginaba que ellas tenían suegras ricas sin un vestido manchado con jugo de tomate.


De regreso a su apartamento, Ana fue hasta la terraza y se estiró sobre una chaise-longue para disfrutar lo que quedaba de sol. Había pasado el domingo con sus padres. Los quería y se sentía muy bien con ellos, siempre que le dieran la suficiente distancia como para extrañarlos un poco. En aquella cómoda casita de Malvín se respiraba una sobria dignidad. No vivían en forma austera, pero tampoco muy holgada. Ambos habían recuperado sus cargos docentes en la Universidad al regresar del exilio, en México. El estaba ahora en Ciencias Políticas y ella en Ciencias de la Educación, grados cinco.
Mientras miraba cómo el sol llegaba hasta el horizonte recordaba el apenas velado reproche que su padre le había hecho ese día, mientras su madre servía el postre a la sombra del jazmín.
—Ahora sos famosa, lo que seguramente tiene aspectos positivos y agradables, pero estoy seguro de que harás cosas aún mucho más importantes.
Detrás había algo así como: “Estás preparada para hacer algo más digno, sustancioso, trascendente, que un programucho de televisión frívolo y amplificador de la ideología dominante”. Pero jamás se lo diría de esa forma. Por evitar una discusión estéril, sí, y también por respeto.
Ellos nunca le habían impuesto un camino, una opción, y se lo habían tolerado todo. Tal vez demasiado.
El mundo había cambiado mucho desde que ellos habían elegido una dirección, una posición, una escala de valores, y ahora era demasiado tarde para abandonarlas.
—Yo no abandoné nada porque nunca tuve nada. Vivo al día, como toda mi generación —se decía Ana, con la sensación cada vez más cicatrizada de que era una mentira básica.
Sonó el teléfono. Levantó el inalámbrico que había dejado a su lado, sobre las baldosas de cerámica.

sábado, 20 de febrero de 2010



7


—¡Cháfale!, ¡cháfale! —repetía como estornudando mientras caminaba de un lado a otro de la ventana que daba a un pozo de aire y señalaba el piso haciendo cuernos con ambas manos. Era tarde, pero el escándalo, o lo que a El le parecía un escándalo, no cesaba. Quizás sólo fuese el ruido de la gente viviendo, utensilios que se entrechocan, un niño o niña que llora algún mal sueño, varias televisiones sintonizadas en el mismo programa, cierta risita masculina repetida decenas de veces, frases pronunciadas un poco más alto que las otras como retazos de momentos impensados, una puerta aquí y otra allá golpeándose imprevistamente por obra de una irrepetible y fugaz corriente de aire que todos echarían de menos esa noche, aceite.
Había tenido que elegir entre el bullicio y la asfixia. El ventilador no funcionaba desde hacía dos veranos. Los sonidos no se producían simultáneamente, lo sabía, pero en su cabeza se iban acumulando unos junto a otros como ecos interminables, se escribían como en un pentagrama circular y se ejecutaban enrulándose. Desde hacía un tiempo le sucedía cada vez más a menudo. Lo atormentaba sorpresivamente la sensación de que ninguno de los miles, tal vez millones de sonidos que escuchaba era nuevo, de que ya los había oído todos y se volvían a repetir exactamente iguales. Sólo iban clasificándose en sus respectivos casilleros preexistentes, cayendo sobre sus pares como galletitas industriales desde una cinta deslizante, despertándolos para permanecer vibrando, latiendo entre sus oídos. Era cuando lo embargaba la intolerancia y se imaginaba viviendo en un edificio habitado por monos de culo rojo, monos machos, monos hembras, monos pequeños, jóvenes y viejos, pero todos de culo rojo. Él mismo en la frontera entre el homo sapiens y el primate colorido. Salió.
Cuando regresó, desinhibido por más alcohol, todo había cambiado. El silencio era casi total, apenas alguna tos, una cisterna vaciándose, y nada más. Estaba de buen humor, de muy buen humor. Un interlocutor ocasional e inesperadamente hábil le había dado la solución. Era obvia y simple como la mayor parte de las genialidades:
—Auriculares —había dicho el hombre mirando para cualquier lado y con el mismo tono de voz que usaría un mecánico para diagnosticar “es el tercer cilindro" luego de escuchar durante cinco segundos un motor pidiendo auxilio.
—El problema es que no va a oír el teléfono ni el timbre —recordaba ahora, mientras se sentaba delante de la computadora, que había agregado el hombre en la barra, evidentemente virginiano. Lo admiró sorprendido y mudo, sonriendo inmutable al comparar cuán útil había sido el consejo e inútil la prevención. Sabía lo que iba a escribir.


Yo era pequeño (¿cuatro o cinco años?); aún no iba a la escuela. Tal vez hice algo mal, no sé si muy mal, o molesté más de la cuenta. Era de noche. Mi padre trabajaba todo el día y cuando llegaba a casa recibía el parte de guerra. No había habitaciones individuales para nadie, no había plata y tampoco mucha paciencia. Entonces él me tomó de un brazo, me llevó a su dormitorio, apagó la luz y se fue cerrando la puerta con llave. Yo no entendí, ni siquiera creí en lo que estaba sucediendo. No podía llorar ni alcanzar el interruptor. Tomé conciencia de lo oscuro, una gelatina parecida a la nada.
Hasta entonces mi vida había transcurrido a la luz, en el bullicio, entre olores de sopa y patio, con la libertad del séptimo de ocho, siempre ocupado en hacer mis propias cosas y en admirar las proezas de los grandes. Vivía a coro, ingenuo entre la prole.
Aquella oscuridad -tercera muerte- me dio conciencia de mí mismo. Fue en ese negro donde vi por primera vez la apariencia de mi miedo: fauces babeantes, colmillos sucios, ojos de dragones malignos, pieles escamudas de lagartoverde avanzando veloces hacia mí, cargando una y otra vez, sin pausa, sin concierto, sin fin. Me arrancaban pedazos que se reconstituían de inmediato para que me los volvieran a arrancar. Era la eternidad iniciática, en sí la soledad.
Hasta que me ahogué en mí y descubrí que tengo un lugar donde no hay miedo ni pena.
Luego apareció mi madre y me liberó. Todo había cambiado, pero ellos continuaban en sus lugares, mirando la tele sin sospechar las cosas que sucedían en el dormitorio de mis padres. Entonces comprendí que el mundo es un lugar inseguro, y que yo había sobrevivido por pura suerte. También entendí que nadie creería que existen los monstruos inmortales que aparecen en la oscuridad cuando estoy solo, que la realidad es muy frágil, y que yo había accedido a otro universo, invisible, inenarrable.
Después, mucho después, supe el nombre de ese secreto, tan real y espeso como el odio, como el castigo a los que queremos.
En esa oscuridad tejí mis telas. Y allí estoy, todavía, atento como una araña.


Con todo pronto, el cursor sobre el send y el dedo rozando el botón del ratón, se detuvo. Se preguntó si ya habría visto su primera carta. ¿Sería de esos que ingresan diariamente a su correo electrónico? ¿Lo usaría realmente o lo tendría por esnobismo, para agregar otra línea en su tarjeta de presentación? Y si había leído, ¿cómo habría reaccionado? Esas preguntas y muchas otras ya habían envejecido junto a las respuestas durante la bruma de su día, sólo repetirse la primera le pareció que tenía algún sentido a esa hora, en ese momento. Se quedó un largo rato inmóvil, buscando en su anegada conciencia una luz, una señal que le indicara la decisión correcta. El chirriante, breve y desesperado frenazo seguido por un estrépito de latas y vidrios lo despejó instantáneamente. Había sido muy cerca, quizás en su misma cuadra. Quiso llegar hasta la puerta y se imaginó bajando la escalera de a cuatro escalones, pero perdió el equilibrio. Se apoyó en la mesa. No se había dado cuenta de que estaba tan borracho.
Miró la cama.


6


Estaba enteramente sumergida en el agua tibia con excepción de su cara y su antebrazo derecho. A través del agua apenas teñida de cielo las formas de su cuerpo se recortaban temblando contra el fondo de la bañera. Era pequeño, proporcionado y bello. Las piernas bien torneadas, las caderas algo estrechas pero bien marcadas por una cintura ajustadísima y presididas por una breve pilosidad, negra y que parecía suave. El torso nacía lentamente ascendiendo hacia los senos redondos, plenos y que rebosaban apenas la palma de una mano. Su boca succionaba largas pitadas del porro y sus labios se apretaban reteniendo el humo en los pulmones durante un momento. Sus ojos verdes miraban alguna intersección entre las hileras de azulejos rosa viejo, allí, delante de ella.
Su mente relajada por la marihuana vagaba por pensamientos que se asociaban libremente, pero volvía una y otra vez a la misteriosa carta. Su cuerpo se sentía envuelto en un estuche a la vez acariciante, flexible y levemente aprisionante. Apagó el toco en el agua y lo dejó sobre el borde contra la pared, junto a la ceniza. Sumergió el brazo derecho y cerró los ojos. Esa frase de Shakespeare, no la recordaba con precisión, pero era horrible. Eso de los gusanos que se están comiendo al que estaba de cena. Pero, bueno, es Shakespeare. Es ficción. Y después eso del astro y de lo inevitable, la gloria o la muerte, y se imaginó a un ladrón en una esquina oscura como en las tiras cómicas, con antifaz y gorra de paño encañonando a un incrédulo burgués; el globito decía: “La gloria o la vida". Sonrió, y se escuchó liberando un involuntario “he" desde el pecho que hizo una onda apenas perceptible en la superficie del agua. La onda se desplazó lentamente, cada vez más lentamente, hacia sus pies, rebotó contra la loza y regresó apenas insinuada. Veía la arruga móvil con los ojos casi a la altura del agua; sabía que llegaría hasta su mentón, pero le pareció que demoraba un tiempo enorme en recorrer esa breve distancia, un tiempo durante el cual sus pensamientos erraron por mil vericuetos inconexos. Cuando parecía que aquel pliegue minúsculo chocaría inminentemente contra su piel las palabras ocuparon todo: “Ser bajo, bajo y ancho. Está hecho”. Abrió la boca en el momento justo y la cerró como dando un mordiscón: lo que le tocaba de “he” le recorrió los labios, los dientes, las encías, el paladar. No lo pensó, realmente. Sólo dejó que la onda continuara su viaje.

Se había puesto una camiseta amplia y unas alpargatas blancas, un poco bigotudas, íntimas, que guardaba en el fondo de un placard, dentro de una coqueta caja de zapatos finos. Había lavado la vajilla, cocinado rápidamente unos champignons con crema y no había respondido el teléfono. En el contestador habían quedado tres mensajes de Mary: “Por favor, ¿dónde estás? Llamame en cuanto llegues; vamos al Oriente y viene el insufrible de Nacho. Tenés que ayudarme. Acordate del pacto y no seas traidora. Chaucito”, el primero. “Perdón, te llamé hace tres cuartos de hora y nada. ¿Estoy interrumpiendo algo? Te aguanto hasta las once y media. ¡Dale, llamame!”, el segundo. “Bueno, ingrata amiga, me tendré que bancar sola al Nacho, lo que es mejor que nada. ¿Dónde estás? ¿O estás ahí y no me das bola? En fin, ¡que viva la noche!”, el último. Uno de su invasivo productor: “Nena (siempre le decía 'Nena', a pesar de que le había aclarado mil veces que odiaba que la llamaran así; optó por devolverle el sopapo llamándolo 'Tontito' en cualquier circunstancia y especialmente en público), acordate de que mañana tenés que pasar a las 10 por lo de Patricia para elegir la bijou y después nos juntamos en la oficina para puntear lo de Londres que sabés que está brava la mano con el canal y además sería conveniente que fueras pensando cómo cuernos arreglamos la macana que se mandó tu amiguito camarógrafo en la secuencia del Central Park porque la emisión es dentro de tres días chau chau divina yo también te quiero”.
—Mañana es domingo, Tontito, y no pienso hacer nada de eso. Disolvete –se escuchó decirle al contestador.
Y uno de se madre: “Hola mi amor, habla tu madre (la gente de generaciones anteriores a la maquinización doméstica siempre cree necesario aclarar lo obvio, como si solamente le hablaran al contestador que, sin datos apropiados, después no sabría de quién es cada mensaje lo que perjudicaría irremisiblemente su trasmisión); Papi quiere saber si vas a venir a almorzar mañana. Dice que te extraña, que hace tres semanas que no te ve. Bueno, te manda un beso grandote y otro yo. Si podés llamanos. Chau; hasta mañana”.
Su madre siempre había hablado de la misma forma, invocando a su marido. Nunca había podido averiguar si realmente actuaba como portavoz o si utilizaba a su padre para dar más importancia a sus deseos. Autoestima, sí, ya tenía claro qué era lo que le faltaba. Pero no se podía quejar: conocía a otras y otros hijos únicos que la pasaban muchísimo peor. Dentro de todo, los suyos eran monopadres bastante autónomos. Sí, tal vez mañana iría a almorzar con ellos para renovar el inigualable sentimiento de ser sola, centro, ombligo, única, irrepetible y amada sin discreción. Aunque fuese un amor paternomaternal, era amor al fin. Obedeciendo a la compulsión de saborear algo dulce, muy dulce, totalmente dulce, se levantó del sofá desde donde estirada miraba distraídamente una película insípida que había agarrado empezada en el cable. Revolvió los placares de la cocina hasta que encontró una pequeña lata de cerezas en almíbar cuyo aspecto cosmético le pareció colmarían su ansiosa necesidad. Las colocó en un bol de postre y las llevó hasta la mesita, se sentó en el sofá y tomó la primera con lentitud, postergando el primer placer para hacerlo más disfrutable. Chupó la piel almibarada de la fruta dos o tres veces y la introdujo en su boca sin más contemplaciones. Estaba sentada frente al bol, los codos en las rodillas, masticando la primera cereza mientras ya sostenía otra entre el pulgar y el índice sacudiéndola levemente sobre el recipiente donde caían gotitas del jugo azucarado cuando se decidió: recuperó la extraña carta de la papelera informática y la imprimió, esta vez hasta el final. Siguió comiendo las cerezas hasta que se sintió empalagada, entonces encendió un cigarrillo, el único del día, tomó la hoja de la impresora y la puso en el suelo, junto a un cenicero. Empezó a leer con atención. Se le había ocurrido que quizás se tratara de una mujer. Ella había aceptado como un hecho que quien había escrito aquello era un hombre. Se dijo que si el texto no lo indicaba explícitamente era un buen tema para plantear en la terapia: ¿ando buscando tan desesperadamente un hombre? Avanzaba por los párrafos sin encontrar una sola pista, hasta que llegó casi al final: otro... aquí está: “Es posible que mañana sea otro... bajo y ancho...".
—Era un hombre, claro, tan loca no estoy —pensó.
Pero de inmediato dudó, podría ser Otro en el sentido de otredad, de ser otro Ser, otro juego de máscaras, otro mosquito, y “bajo y ancho" tampoco era un dato firme, son adjetivos, un edificio bajo, un pie ancho, un sentimiento bajo y ancho, un lugar panorámico distinto. “Es posible que mañana sea otro...", y terminaba con “Hasta mañana".
—¡Puta madre! ¿Qué es esto? —se preguntó en voz alta aunque sin crispación mientras levantaba la vista y sin darse cuenta la focalizaba en la pantalla de la computadora.
Dejó la hoja impresa en una bandeja de madera sobre el escritorio. Miró la hora: la una y media. Aseguró la puerta, apagó la computadora y las luces, se lavó exageradamente los dientes y se metió en la cama bajo una sábana de levísimo algodón blanco. Hacía calor pero no quiso levantarse a encender el aire acondicionado. Se sentía extraña, rara, aunque no encontraba la palabra exacta que describiera su sensación. Abrazó la almohada y con los ojos cerrados pensó que al día siguiente iría a almorzar con sus padres. Justo antes de entrar en el sueño la palabra desfiló por la oscuridad de sus ojos como en esos paneles con letras iluminadas que van revelándose de derecha a izquierda: …I…N…Q…U…I…E…T…A…

jueves, 18 de febrero de 2010


5

No parecía ser una publicidad. Era una carta, o algo parecido. Se sentó y leyó.

From: jburn@star.com.au
Estábamos sentados en la playa. El sol bajaba sobre los edificios, allá enfrente; tras el agua y la isla, las gaviotas ciegas.
El citó a Shakespeare, creo que fue en la voz de Hamlet.
—El rey le preguntó por Polonio, y Hamlet contestó: Está de cena —dijo él.
—¿Dónde es esa cena? —preguntó el rey.
—No dónde, sino cómo —corrigió Hamlet—. Lo están comiendo los gusanos.
El se preguntó luego acerca del genio, del talento. ¿Qué es lo que hace que alguien tan biológicamente igual a otro, sin embargo, posea tal distinción espiritual? Tipos como esos, no los toca nadie. ¿Quién podría tocarlos?
—Hay un misterio —dijo—. ¿Vos sabés cuál es?
—No —le contesté.
El miraba para otro lado y movía las manos sobre la arena húmeda, haciendo y deshaciendo una estela ancha y corta. Quería decir algo, pero no se animaba. Le dije que debía irme. Me contestó que era una pena que no me quedara a compartir el sol que restaba del día, siempre sin mirarme. El viento había cesado hacía un buen rato.
—Hay muy pocas tardes como ésta en el año —dijo—. La gente no lo sabe, pero es así. Tardes soleadas, con esta brisa suave, esta temperatura corporal en el aire; muy pocas.
Me quedé. Entonces habló. Habló con infinito amor y calidez y miedo. Me explicó que estoy al borde de la muerte o de la gloria, aunque no fueron estas sus palabras. El habló con poesía, desde el mundo que está apenas un paso más allá de la razón, un paso leve y sutil que sólo algunos pocos espíritus se animan a dar más de una vez para volver a ese lugar donde la verdad de ciertas cosas se presenta tan desnuda que no se entiende, se atiende.
Tal vez lo soñó. Tal vez lo soñó despierto. Quizás lo soñamos juntos. Yo sabía que él tenía que decirme algo y él no sabía lo que tenía que decirme. Pero lo encontró.
—Nosotros somos esto —dijo haciendo una montañita de arena con las manos—, y entonces pasa el astro —y su mano izquierda partió la montañita al medio—. A algunos los quema —y me miró con pasión—, y a otros los distingue. Para muchos la vida no será como antes. Tu astro está pasando ahora. No se puede resistir lo inevitable. Aunque sientas que todas las puertas de la esperanza están cerradas, no te preocupes.
—No pasa nada —afirmé preguntando.
Me miró de nuevo de la misma forma que antes y asintió con la cabeza, pero no con los ojos.
Necesito horizonte, camino, ruta, paisaje, viento en la cara y sol. Mi amigo lo supo. Yo lo sé hace tiempo. Quiero salir del desfile de disfraces; mi máscara está cayendo y me gusta mi verdadero rostro. Es posible que mañana sea otro: un perro, un mosquito, un alcatraz, una sequoia, un rodríguez. Ser bajo, bajo y ancho. Está hecho.
Pd: No te fijes en mi login, lo estoy hackeando. Hasta mañana.


Lo primero que hizo fue mirar el login: jburn@star.com.au Releyó todo desde el principio deteniéndose aquí en una frase, allá en una palabra y volviendo atrás varias veces. No entendía de qué se trataba aquella insólita carta. ¿La habría recibido por un error de dirección? ¿Por qué hackear un login? Alguien que no quiere ser identificado. Un degenerado, un loco, un perverso, un tarado, un vendedor estilo internet. ¿Qué querría vender? ¿El horóscopo? ¡El agua...! Fue corriendo hasta el baño y cerró las canillas. Por suerte el desagüe de la bañera era amplio, pero del líquido viscoso y azul no quedaba casi nada. Se sintió de pronto desprotegida, frágil, espiada. Recordó las películas en las que mujeres solas son acosadas por una variedad de monstruos con forma de hombres. Experimentó un intenso escalofrío al pasar frente al ventanal de la sala. Del otro lado de la calle había decenas de ventanas, y más allá centenares de ellas en edificios más altos. ¿La estarían observando con binoculares? ¿Con algún telescopio doméstico? Cerró los cortinados. Fue hasta la cocina y llevó la botella de vino blanco hasta la mesa donde estaba la computadora. Seleccionó un comando. Mientras la impresora hacía lo suyo volvió a llenar la copa y la vació con dos largos tragos mirando fijamente las letras que se iban dibujando sobre el papel blanco aunque sin leerlas. Pero, ¿qué estoy haciendo?, se preguntó de pronto como si cayera brutalmente expelida desde la boca de un túnel invisible cuyo otro extremo la hubiese succionado por un momento a algún lugar inhóspito de un planeta extragaláctico y ahora la devolvía con violencia. Sacó la hoja de la impresora, hizo una bola irregular con ella y la embutió en la papelera, con rabia, casi con asco. Borró la carta de la carpeta “Correo entrante”. Abrió las cortinas y fue hasta el dormitorio. Se desvistió con prisa tirando la ropa sin fijarse dónde caía. Cuando los dedos de su pie derecho estaban tocando el agua se detuvo, volvió al dormitorio y abrió la pequeña caja de plata donde siempre tenía dos o tres porros armados. Encendió uno.

miércoles, 17 de febrero de 2010


4


—Me agarraste tomando sol en la panza —dijo Carloncho sentándose en un gran sofá y moviendo la camiseta sobre el vientre como si fuese un abanico. Había cultivado un estilo crudo de expresarse porque amaba los contrastes.
—Estás hecho un chanchito burgués.
—Estoy... así, en un período oral, digamos. Necesito que el mundo me entre por la boca y me salga por el culo.
—Avisame cuando pases al período de tránsito inverso. En todo caso, hay una parte considerable de ese mundo que se te está atascando en la cintura.
—Tengo una dieta infalible y agradable. Cuando ya no me soporto más me paso una semana a puro té.
—¿Té? ¿De hierbas?
—Algo así, de hongos. Cucumelos. Estoy una semana alucinando y ni pienso en comer, fumar, cojer o cualquier otra cosa. Te juro, pierdo cinco o seis quilos al toque.
Rieron como si estuviesen sentados en el cordón de alguna vereda, con 16 años y todo el tiempo por delante.
Recién después del postre, al borde de la piscina, él le contó el propósito de la visita. La tarde estaba avanzada y las sombras de los árboles cubrían casi toda la superficie de agua verdiceleste. Carloncho estaba sentado al borde de la pileta, sus piernas iban y venían hacia adelante y hacia atrás, hacia los costados, como dibujando el agua.
—¿Te encajetaste con la guachita? —le preguntó.
El no respondió. Sabía que no era necesario.
—¿No me digas que al fin te enamoraste de alguien? —insistió Carloncho.
—No digas pavadas —contestó él demasiado seriamente para el tono con que había sido formulada la pregunta—. ¿Podés averiguar si tiene correo electrónico?
—Si querés te averiguo hasta de qué color prefiere las bombachas.
—Con el correo electrónico será suficiente.
—Pero, ¿qué querés hacer? Sos un perverso hijo de puta —dijo con una risa entrecortada—. Querés hacerle el bocho. Eso querés. Sos un hijo de puta... —calificativo que en la jerga de Carloncho era un verdadero cumplido.
Se despidieron mientras se ocultaba el sol. Ella le había dado un rápido beso en la mejilla derecha y había sonreído, toda una excepción que él supo apreciar. Carloncho lo acompañó hasta la portera y se quedó allí hasta que el auto dobló el primer recodo del camino de tierra que conducía hacia la ruta. Después regresó a su paraíso caminando despacio, olfateando los aromas del atardecer mientras los diez perros trillaban los alrededores de su amo como si fuesen guardaespaldas cuya principal diferencia y ventaja sobre los humanos dedicados a esa profesión era que ellos parecían distraídos.

Dos días después recibió la visita de Carloncho en su casa. Traía un cd. Lo introdujo en la computadora y desplegó centenares de direcciones electrónicas con sus respectivas claves. Los había de todos los continentes y de casi todas las capitales del mundo.
—Aquí tenés. Te aclaro una cosa: esto no es para hacer pendejadas; usalo con criterio. Hay dos tipos de cuentas: las que tienen un asterisco son las que por alguna razón están en servicio pero sus titulares no las usan o las han abandonado y algún error burocrático las dejó habilitadas. Las que tienen un guión son de personas o instituciones que tienen un tráfico enorme, miles de comunicaciones mensuales, ¿entendés? El secreto es usar uno por uno y sólo para correos breves; si usás uno por día vas a tardar 477 días en volver al primero. De esa forma es casi imposible que alguien se percate de que estás utilizando su cuenta. ¿Cazaste, no? Uno cada día. Si las querés usar para meterte en internet con conexiones largas o arriesgarte tratando de entrar en servidores protegidos, entonces no te doy ninguna garantía.
Carloncho copió el contenido del cd en el disco duro de su amigo, lo retiró y lo guardó en una bolsa de nailon que después colocó delicadamente dentro de una gran saco de plastillera roja repleto de objetos indefinidos que cerraba una gruesa cuerda de nailon celeste en cuyo extremo había un nudo corredizo donde Carloncho colocaba un gancho de hierro.
—Es de lo más práctico para viajar en ómnibus llenos; en vez de andar arrastrando la bolsa la cuelgo del pasamanos y la voy corriendo con un dedo, ¿te das cuenta, botija? —dijo señalando la nada con el índice regordete de la mano derecha. Nunca había querido aprender a conducir. Sólo la inspiración del momento determinaba si haría cada desplazamiento en ómnibus, taxi, remise o helicóptero, pero siempre con chofer.
Se quedó tres días. Lavó la vajilla, barrió lo barrible de los pisos, surtió la heladera y el bar, cocinó, ventiló y sacudió el apartamento como si estuviese en su casa y sin hacer absolutamente ningún comentario al respecto. La tarde del tercer día la pasaron en la playa, y esa noche Carloncho se fue con su bolsa de plastillera al hombro fingiendo que nada había sucedido.
Apenas quedó solo en su apartamento fue hasta la computadora y escribió lo que parecía una carta. Siguió el procedimiento recomendado por Carloncho y envió el texto a la dirección que digitaba por primera vez y que desde ese momento quedaría grabada para siempre en su memoria.

Llegó a su casa y como casi todas las noches se sirvió una copa de vino blanco helado. Hizo un gesto de contrariedad al ver que la vajilla sucia estaba intocada. Pensó que la empleada habría tenido algún contratiempo y se dijo que la lavaría más tarde, cuando reuniera ánimo. Se quitó las caravanas, las pulseras, y las dejó sobre la primera superficie plana que encontró. Abrió las ventanas a la noche mezquina de Pocitos cuyos sonidos llegaban asordinados hasta su piso. Volvió a la cocina, tomó la copa y fue hasta la sala. Los zapatos quedaron sobre la alfombra, junto a la mesa ratona. Se sentó en su sofá preferido, un Chesterfield, estiró las piernas y las apoyó sobre la mesita. Esperó que el vino, que bebía rápido pero en cortos sorbos, empezara a hacerle efecto. Sus músculos se fueron aflojando, como siempre, desde las manos hasta los pies cuyos dedos comenzaron a moverse como tentáculos de un minipulpo, lentos, independientes, obscenos. Dejó la copa casi vacía en el suelo, puso un disco cualquiera y encendió la computadora.
Fue hasta el baño y abrió las canillas hasta que el agua salió a la temperatura ideal como para meterse en ella un buen rato. Hizo girar la llave que bajaba el tapón cromado de la bañera que empezaba a llenarse y volvió hasta la computadora, activó el programa de correo electrónico y le ordenó ingresar en su cuenta personal. Levantó la copa y bebiendo fue a ver el progreso del agua en la bañera. Dejó la copa en el borde, tomó un pequeño recipiente de formas redondeadas y volcó un poco de su contenido -líquido, viscoso, azulado- sobre el agua que en pocos segundos se tiñó de un celeste fragante. Cuando volvió hasta la computadora vio que una ventana en la pantalla le indicaba que tenía nuevo correo. Eran tres mensajes. Uno de su primo, desde New York, donde vivía hacía ya más de 20 años, otro de Nelson, su insaciable productor que tenía la delirante convicción de que todo el mundo debería trabajar permanentemente, sin descanso, sin tiempo propio para ganar o perder, y el tercero de procedencia desconocida. Nunca había visto ese login. Pensó que quizás fuese spam, una de esas promociones que los negociantes de internet volanteaban por miles, decenas de miles de direcciones electrónicas con la esperanza de enganchar algún consumidor interesado en la infinita variedad de servicios que se ofrecían en el ciberespacio. Sin pensarlo, por mera curiosidad, llevó el cursor hasta la línea correspondiente a ese mensaje y pulsó dos veces el botón izquierdo del ratón.